Los niños y las vacas

«Una vez bajamos a la vaquería, Gauranga y yo. Él venía corriendo, se quitó las botas y las lanzó por allí. Luego comenzó a hacer un agujero en la tierra, donde metió sus pies. Recuerdo que estaba sentado, con los pies enterrados y cubiertos de tierra. El sol le iluminaba la carita y, en ese momento me dijo: “Mamá, yo nunca me quiero ir de aquí”». —Laksmana

Gauranga era un niño pequeño, de unos tres años de edad. Vivió su tierna infancia rodeado de las hermosas vacas de Rupa Goshala y, desde muy temprano, había aprendido a ordeñar guiado por las manos expertas de Alberto.

«Cuando Gauranga era muy chiquiơn, lo situaba entre mis piernas mientras ordeñaba. A veces tomaba su manita, la colocaba junto a la mía y, juntos, formábamos un pequeño cuenco que poníamos debajo de la ubre. Sacábamos un chorrito de leche y luego le llevaba la mano hasta la boca para que la bebiera. Le gustaba mucho, le encantaba. Con el tiempo, Gauranga fue creciendo y pronto empezó a ordeñar. Él solito meơa la mano, sacaba un chorrito de leche, se lo bebía y luego me decía: «¡Mira, Alberto! ¡Mira!» —con una cara de satisfacción, de alegría, de felicidad. Esos recuerdos se los llevará para toda la vida, y yo también». —Alberto

Alberto siempre fomentó la relación entre los niños y las vacas, sobre todo para el ordeño, porque los pequeños, con sus manos, lo hacen muy bien y aprenden rápido. Cuando los niños experimentan esta sensación, quedan completamente sorprendidos y felices. Siempre lo hemos podido comprobar. Al principio, algunos sienten un poco de miedo al acercarse y tocarlas, pero, a medida que los acompañamos, van ganando seguridad y confianza. Esta práctica es muy sencilla y, al mismo tiempo, realmente importante, porque tanto los pequeños como los mayores, al tener este contacto con las vacas, pueden experimentar el cálido cariño que ellas proporcionan.

«El primer contacto que yo hacía siempre, con todos los niños, era a través del tacto. Yo les tomaba las manos y juntos acariciábamos la piel del animal para sentir su pelo. Yo les decía: “Siente qué suave es… Es como un peluche, ¿verdad? Ahora acarícialo tú”. Así empezaban, después se acercaban para ver cómo ordeñaba, después querían tocar la ubre, apretar… Así muchos aprendieron a ordeñar perfectamente». —Alberto Bodhini era una niña de nueve años que amaba mucho a las vacas. Una de las razones por las que sus padres habían decidido mudarse a Nueva Vrajamandala era precisamente porque ella estaba encantada con las vacas y deseaba tener una y ordeñarla. Así que todas las tardes iba a la vaquería a ordeñar. Se meơa en las cuadras y las cepillaba, y además sabía ordeñar casi todas las vacas a la perfección.

Al igual que la mayoría de los niños, era muy educada, atenta y obediente; tenía un trato muy especial con las vacas, a las que trataba con mucho amor y cariño. De vez en cuando llegaban visitas o invitados a la comunidad y quedaban asombrados al ver cómo los niños se relacionaban de una manera tan natural y experta con las vacas. No es fácil ordeñar bien a mano, así que, cuando el vaquero invitaba a los niños a hacerlo, era todo un espectáculo. Los visitantes no lo podían creer. Este es un ejemplo, entre muchos, de cómo podemos mostrar la importancia de las vacas en la sociedad: hasta los más pequeños lo pueden experimentar. ¿Te imaginas cómo se siente la ubre de una vaca? Durante un tiempo, muchas escuelas organizaban excursiones a Nueva Vrajamandala, y la actividad estrella era «la visita a la vaquería». Allí, decenas de colegios y cientos de niños tuvieron la oportunidad de ordeñar. Tilaka era la vaca más destacada por su paciencia: esperaba a que el último niño terminara de ordeñar antes de moverse. Alberto los recibía con gran entusiasmo, describiendo, explicando y compartiendo sus experiencias como vaquero, con tanto amor que nadie podía dejar de sentir lo que expresaba. Su aprecio por las vacas era tan inspirador que todos se contagiaban de esa dulzura. Junto a Vraja-lila llevaba a cabo la tarea de recibir a los niños durante las visitas, y ambos recuerdan siempre esos momentos como experiencias que quedan grabadas en la memoria para toda la vida.

«Algo que impresionaba mucho en estas excursiones era que las vacas no estaban atadas y permanecían quietas hasta que el último niño ordeñaba. Era algo increíble y fascinante ver que una vaca pudiera tener tanta paciencia». —Vraja-lila

Otra de las cosas que más sorprendía a los visitantes era que las vacas seguían dando leche después de un año de haber tenido a sus terneros. Esto es inusual, pues en una vaquería tradicional las vacas dejan de producir leche aproximadamente al año. Sin embargo, muchas de estas vacas daban leche durante varios años, incluso hasta dieciséis años después de haber parido por última vez. Algunas fueron ordeñadas hasta el último día de su vida, y otras incluso sin haber tenido nunca un ternero. Además del ambiente propicio y los constantes cuidados a su salud, este comportamiento se debe a que las vacas son tratadas con tanta devoción que, de alguna manera, quieren corresponder al amor que reciben. En Rupa Goshala pasaron y siguen pasando muchas aventuras. Quienes hemos tenido la posibilidad de vivir cerca de vacas sabemos que siempre hay historias que contar. Algunos incluso pueden pasar horas hablando de ellas, de sus personalidades, de sus caracteres, de sus formas de ser… Así que es natural que los vaqueros tengan tantas historias para compartir.

Alberto, después de que los niños —especialmente los que vivían en la finca— ordeñaban, los llevaba al pajar y los hacía sentar sobre las balas de paja. Una vez allí, captaba su atención diciendo:

«Ahora os voy a contar una historia, que parece un cuento pero que no lo es. Es una historia que ha ocurrido de verdad en esta vaquería.

El chupete de Tulasi

Durante los tiempos de la vaca Yamuna, vivía en Nueva Vrajamandala una pequeña niña llamada Tulasi. A ella le encantaba tener siempre su chupete a mano; nunca le faltaba porque era indispensable para ella. Tulasi fue creciendo rápidamente. Ya tenía dos años y era una niña preciosa; todos quedaban encantados con ella. Como aún seguía usando chupete, sus padres decidieron que ya era tiempo de que lo dejara. Intentaron muchas ideas para convencerla, pero todas fracasaron. Así pasaba el tiempo, intentando persuadirla u ofreciéndole otra cosa a cambio; pero Tulasi sufría porque estaba muy apegada a su chupete, y sus padres sufrían porque no querían verla llorar, pero tampoco siempre con el chupete en la boca. Un día, Tulasi y su mamá, Linda, fueron a visitar a las vacas de Rupa Goshala. Yo las recibí con mucha alegría. Ya estaba al tanto de lo que pasaba con el asunto del chupete; vi a Tulasi con sus ojos grandes y brillantes, con esa sonrisa que hacía cuando me veía llegar... y con el chupete en la boca. Entonces le dije: —¡Oye, Tulasi! ¿Sabes que aquí, por las noches, la vaca Yamuna llora? Se la escucha todas las noches: muuuuu... muuuuu... Es que no tiene chupete. ¿Por qué no le das el tuyo? Tulasi abrió los ojos y me miró con desconfianza. No le gustó nada la propuesta. —Mira, se lo podemos dejar allí, en ese clavo. Yo lo pongo allí y Yamuna, por la noche, lo toma, duerme tranquila y no llora... ¿Qué te parece la idea? Le señalé un clavo oxidado que llevaba quién sabe cuántos años sobresaliendo de una de las vigas. Tulasi no estaba convencida, pero lo estaba pensando. Su cara ya no expresaba la alegría de siempre; se notaba que el asunto le preocupaba. Sin embargo, se sacó el chupete de la boca y me lo dio. Lo colgué en el clavo y allí quedó. Tulasi nunca más volvió a usar chupete. Aun así, lo echaba de menos y a veces se lo pedía a su madre: —¿El chupete? ¿Mi chupete? —¿No recuerdas que se lo dejaste a Yamuna? Si no, por la noche llora —le respondía Linda. Inmediatamente, Tulasi recordaba a Yamuna y se olvidaba del chupete. Hoy, Tulasi tiene más de veinte años y cuenta esta historia como «el milagro de las vacas». Yo, por mi parte, entiendo que estas cosas suceden porque la potencia de las vacas es inconmensurable. Sé que solo fui un instrumento para que ellas pudieran ayudar a esta niña. El chupete estuvo allí, colgado del clavo, durante muchos años. Cuando los visitantes preguntaban: “¿Por qué está eso allí?”, muy alegremente les contaba esta historia encantadora». —Alberto

Tilaka — la tierna

Tilaka era una vaca muy especial. Un hindú se había ofrecido a regalar una vaca y, junto con Alberto, fueron a buscarla. El dueño de la vaquería les mostró tres vacas hermosas, todas preñadas y a punto de ser madres. Les dijo que eligieran cuál querían llevarse. La decisión no fue diİcil, porque una de ellas llevaba en la frente una pequeña marca blanca, parecida a un símbolo de Vishnu. De la misma manera que los vaishnavas, aquella vaca traía marcado un tilaka y, por lo tanto, sin dudarlo, de las tres eligieron a esa, y la llamaron Tilaka. Después de unas semanas, Tilaka dio a luz a una bonita ternera, a la que el vaquero puso por nombre Dhira. Pronto resultó evidente que ella había heredado muchas cualidades de su madre, sobre todo su bondad y paciencia, y aunque nunca tuvo descendencia, se convirtió en madre adoptiva y dio leche hasta sus últimos días. Contaremos su historia más adelante. Con el tiempo, Tilaka se convirtió en una vaca extraordinaria. Muy tranquila, de paciencia infinita, de modo que cientos de personas, en su mayoría niños, tuvieron el privilegio de ordeñarla. Así era como el vaquero comparơa muchas historias, y los niños las disfrutaban enormemente. Los niños y también los adultos, porque, en el fondo, nunca dejamos de serlo. Quizás podríamos preguntarnos: ¿por qué Alberto dedicaba tanto tiempo a los niños?

Él mismo lo explica: «Porque mira, es muy sencillo... Lo que haces de niño no se te olvida en toda la vida. Cuando somos mayores no recordamos ni lo que hemos comido ayer. En cambio, las experiencias que vivimos de pequeños, cuando somos como una esponja, las absorbemos y nos acompañan para el resto de la vida. Entonces, estos recuerdos que van a tener estos niños de su infancia en la vaquería serán para toda la vida. Y İjate qué misericordia he tenido de poder hacer eso». A este respecto, los niños que compartieron su infancia con las vacas ahora son adolescentes y algunos ya adultos. El tiempo ha pasado y, sin duda, el cometido del vaquero se ha cumplido.

«Tengo muchos recuerdos de mi infancia que son felices e importantes para mí. Me acuerdo de cuando llamábamos a las vacas con el “bolo, bolo, bolo” y venían; de cuando estábamos ordeñando y Alberto me ponía la leche en la mano y yo la bebía; también de cuando ofrecíamos las flores que recogíamos fuera. Me acuerdo de las historias que nos contaba en el pajar y de cuando jugábamos allí. Tilaka con su característica marca en la frente

Cuando les dábamos la leche a los gatitos en un cuenco. Recuerdo la Fiesta de la Vaca, cuando tocaba la batería y venía el alcalde. Recuerdo cuando Gopi estaba dejando el cuerpo y estábamos todos allí cantando el santo nombre, acompañándola hasta que se fue... También recuerdo a Tilaka, porque era mi vaquita preferida: siempre estaba tranquila y no se movía mientras la ordeñábamos. Es increíble que las vacas de la granja hayan dado tanta leche, cada día, durante tantos años. Eso no es normal. Agradezco que Alberto siempre me recibiera con amabilidad y cariño en la vaquería, enseñándome a conocer a las vacas y a ordeñar. Eso es una gran parte de mi infancia, y son recuerdos bonitos e importantes para mí». —Gauranga

«Lo que más me gustaba de la vaquería era cuando ordeñaba a las vacas y cuando Alberto las llamaba y todas venían. También cuando paseábamos entre ellas, cuando íbamos a coger flores para el altar y muchas cosas más». —Gayatri

«Soy una de las niñas que se crio en la finca de Nueva Vrajamandala. Tengo recuerdos muy bonitos y especiales de la vaquería, porque fue donde pasé mis primeros años de infancia. Con mis amigos íbamos a ordeñar, y allí estábamos todos juntos. Mientras uno ordeñaba, otro peinaba a una vaca o la acariciaba, o simplemente nos quedábamos allí, juntos, esperando con ilusión que nos tocara el turno de ordeñar, de sentarnos en el taburete con el cubo de leche. Era muy especial, lo disfrutábamos muchísimo. Cuando terminábamos de ordeñar, Alberto nos llevaba al pajar y nos contaba historias. Lo pasábamos muy bien. Recuerdo llegar y trepar como locos a los montones de paja, subir y sentarnos para escucharle. Después nos quedábamos jugando. Así fue mi infancia: mis felices primeros años». —Kunti

«Tengo muchos recuerdos en la vaquería. Todavía conservo a mis dos amigos, Gauranga y Kunti, con quienes recordamos las historias en los montones de paja. Nos subíamos allí; a mí me daba pánico hacerlo, pero lo hacía igualmente porque ellos lo hacían. Recuerdo ver a las vaquitas, el río, la caravana; recuerdo las historias que nos contaba Alberto, como la del chupete de Tulasi, que todavía sigue allí.

Siempre mantendré un bonito recuerdo de esa vaquería y de todo lo bueno que me dio, con mucho aprecio. Cuando llegábamos teníamos que tener una florecita para ofrecerla, y la ofrecíamos entre todos: uno encendía el incienso, otro tocaba la campana, otro dejaba la flor. Y también ordeñar... no recuerdo bien los nombres de las vacas, pero sí recuerdo ordeñar, siendo yo tan pequeña, viendo a la vaca enorme y ordeñarla. Era muy impactante. Cuando llegaban las vacas a beber agua y asomaban sus cabezas entre las vallas... sus cabezas eran enormes y nos llenaban de babas. Era tan bonito... Yo lo recuerdo con mucho cariño». —Ishani «Los recuerdos son muchísimos. Cuando me dirigía hacia la vaquería, senơa una conexión muy hermosa con Krishna a través del vaquero, de su servicio y de las grandes y amadas devotas del Señor que son las vacas. Me encantaba cuando las llamábamos: ellas ya reconocían el sonido del llamado y venían contentas a comer. Me fascinaba poder alimentarlas, sentir que yo, como niño, casi adolescente, me Ishani ordeñando a Tilaka nutría. Me encendía por dentro como una chispa; me daban como un corrientazo de amor y afecto con el simple hecho de darles de comer a las vacas. Era una conexión especial. Otro recuerdo es cuando las peinábamos: ver sus caras de satisfacción, cómo disfrutaban mientras las acariciábamos. Como niño, uno ve las cosas de otra manera. En ese momento senơa que, cuando las peinaba, ellas me miraban con un cariño especial solo por el hecho de atenderlas. Eso es, sin querer, un mérito espiritual acumulado que ayuda a seguir siendo consciente de Krishna en esta vida. Poder cantar mi japa, seguir los principios, hacer servicio, ayudar en la prédica… pienso que, en gran medida, se debe al servicio a las vacas de Nueva Vrajamandala. Estoy muy agradecido a ellas. Y más viniendo de la ciudad, llegar al campo y ver a las vacas… Yo senơa, como niño, que estaba fabricando leche. No entendía mucho; de adulto uno lo puede comprender, pero en ese momento yo tocaba las ubres, las apretaba y salía leche. Para mí era algo místico, una conexión que va más allá. No puedo expresar exactamente lo que senơa; puedo decir amor, afecto, cariño… pero eran sensaciones múltiples. Y cuando lo recuerdo pienso: “Cuando tenga hijos, los pondré a ordeñar vacas”, porque, si pueden sentir lo mismo, es algo maravilloso». —Arjuna (niño)

El rescate de Tilaka

No sabemos cómo Tilaka llegó al otro lado del río, pero no quería cruzar de regreso. Alberto, que estaba allí solo y sin ninguna cuerda a mano, se quitó el cinturón y lo usó para atarle los cuernos. El problema fue que, al hacerlo, sus pantalones comenzaron a caerse, así que tuvo que sujetarlos con una mano mientras con la otra tiraba suavemente de la vaca para hacerla caminar.

Como recordaréis, Tilaka era una vaca muy buena, tranquila y obediente, así que lo siguió sin resistencia. Sin embargo, para llegar hasta un puente y poder cruzar de vuelta, debían recorrer unos dos kilómetros. Lo más complicado era que, en el regreso, tenían que caminar casi un kilómetro junto al lado de la carretera, lo cual

Las vacas de Rupa Goshala — Radhe

resultaba peligroso. Alberto necesitaba sujetar a Tilaka de alguna manera y, en ese momento, lo único que tenía a mano era el cinturón. Afortunadamente fue suficiente y logró llevarla de regreso a la vaquería, sana y salva.

El trayecto no fue rápido. Un kilómetro de ida y otro de vuelta les llevó casi dos horas, porque no solo caminaban, sino que hacían pausas para que Tilaka comiera la hierba fresca, contemplara el paisaje y descansara un rato. A pesar de las dificultades, el esfuerzo valió la pena y, una vez más, la paciencia y el cariño lograron traer de vuelta a casa a una de las vacas más queridas de Rupa Goshala.

Radhe — la amorosa

Un amigo de los devotos, José María, estaba de visita en Nueva Vrajamandala. Era el año 2004 o 2005. Ya era un hombre mayor y tenía algunos problemas de salud. Aun así, todas las tardes iba a la vaquería para ver cómo Alberto ordeñaba. Había algo en la relación entre el vaquero y las vacas que lo conmovía profundamente. Era un vínculo que le llamaba poderosamente la atención.

Un día, mientras contemplaba las manos expertas de Alberto, José María rompió el silencio: —Mira, estoy vendiendo un piso. Si lo vendo, te lleno el pajar y te compro una vaca.

Alberto sonrió sin dejar de ordeñar. Había escuchado muchas promesas en su vida y, en su mente, esta era una más. «La gente dice muchas cosas», pensó, sin darle mayor importancia. Pero José María no era de los que hablan por hablar. Vendió el piso, llenó el pajar hasta el techo y, juntos, fueron a buscar una vaca.

Llegaron a una zona donde vendían vacas de la raza pardo alpina. Había que escoger una entre veintidós. Estaban del otro lado del vallado observándolas con gran admiración. En ese momento, José María le dijo a Alberto: —Escoge tú, elige la que quieras.

Alberto estaba abrumado. ¿Cómo elegir solo una? Se las habría llevado a todas, todas, toditas. Tan hermosas, robustas, con cuernos imponentes y colores suaves. Pero solo podía escoger una.

Entonces, con la mano tomó un poco de hierba y cruzó el brazo hacia dentro del vallado, donde estaban ellas. Tenía el brazo muy tenso, esperando que alguna viniera por la hierba fresca. —La primera que venga a comer, me la llevo.

Así llegó Radhe a la vaquería.

Radhe no venía sola. Dentro de su vientre llevaba un ternerito. Cuando llegó el día del parto, el pequeño nació antes de tiempo, prematuro y débil. Lo llamaron Balarama, y Alberto no se separó de su lado. Como no podía mantenerse de pie, le dedicaba toda su atención: lo llevaba a tomar el sol, lo alzaba en brazos, lo acompañaba a mamar. Balarama era muy frágil, pero muy mimado por su vaquero. Alberto estaba exhausto, pero su corazón rebosaba esperanza y amor por aquel pequeño.

Después de una semana, Balarama dio sus primeros pasos. ¡Qué Radhe con su hijo Balarama

Las vacas de Rupa Goshala – Radhe y Balarama

alegría! Pero pocos días más tarde, mientras Alberto estaba en el pueblo haciendo compras, Balarama llegó hasta el canal cercano, donde cayó y se ahogó.

Al regresar, Alberto lo buscó desesperadamente hasta que descubrió lo ocurrido. La muerte del pequeño Balarama lo devastó. Se sentó junto al canal, con las manos temblorosas y los ojos llenos de lágrimas. Había puesto todo su esfuerzo, todo su amor, y aun así no pudo salvarlo. Estaba triste y hundido por la pérdida de aquel ternero. No había consuelo; nada podía reparar esa herida.

Otro devoto, al verlo abatido, se acercó y le dijo con suavidad: —Alberto, piensa en esto: este ternero nació en un lugar sagrado y partió también en un lugar sagrado. En menos de un mes ya se ha ido con Krishna. No te preocupes por él. Ahora ocúpate de su madre. Radhe había sentido la pérdida de Balarama en lo más profundo

de su ser. Su
mirada reflejaba
tristeza
y
su
rostro era pura
angustia. Sabía lo
que
había
ocurrido;
no
hacía falta decirle
ni
mostrarle
nada.

El canal donde falleció Balarama fue un problema durante mucho tiempo. Pasaron años hasta que los devotos pudieron levantar un vallado que rodeara todo el campo de la vaquería.

Una mañana, poco después del accidente, Alberto fue a la vaquería como todas las mañanas. Radhe no estaba en su cuadra. La buscó por todas partes y finalmente la encontró sumergida en el canal. Tal vez había ido a buscar a su hijo. El canal tenía una profundidad de un metro y medio, quizá un poco más. Allí estaba ella, asustada, pataleando entre el barro y las piedras.

Al ver aquella escena, lo primero que pensó Alberto fue: «Debes tranquilizarla».

Sin dudarlo, se metió en el agua. La sujetó, la acariciaba y le decía: —Radhe, tranquila, tú quédate tranquila.

Mientras tanto, pidió socorro. Pronto llegaron unos diez devotos. Desde el agua, sin soltarla, Alberto les pidió que trajeran una cuerda larga y un tubo de hierro. Cuando lo hicieron, ataron los cuernos de Radhe con la cuerda y Alberto, con el tubo, se dispuso a hacer palanca desde atrás, en la parte del trasero y las patas. —Bueno, chicos, a ver... a la cuenta de tres vosotros tiráis y yo intento levantar aquí. ¡Pero vamos! ¡Que una vaca pesa 600 o 700 kilos! — dijo el vaquero.

Para que Radhe pudiera pisar tierra firme tenía que subir unos dos metros de altura. Ya estaban todos listos: Alberto con el tubo y, del otro lado, todos los devotos preparados para tirar de la cuerda. —¡Uno, dos y tres!

Alberto hizo palanca, los devotos tiraron con fuerza y Radhe salió como si volara. Aterrizó tranquilamente, apoyando sus cuatro patas sobre la hierba, sin ser arrastrada, sin complicación ni malestar. Fue como si hubiera flotado, como si la hubieran levantado hacia el cielo y depositado suavemente en el prado. Parecía arte de magia, porque Krishna estaba dirigiéndolo todo.

Radhe y Alberto siguieron viviendo muchas aventuras juntos. Su relación y su manera de afrontar las dificultades fueron un ejemplo de servicio, compasión y fortaleza: de seguir adelante y perseverar. Radhe, a pesar de su dolor, no dejó de dar. Ella era madre en toda la extensión de la palabra. Durante dieciséis años ofreció su leche como un acto de amor y servicio, sin pedir nada a cambio.

Dhira — la paciente y valiente

El octavo día de la quincena brillante del mes de Kartika (octubrenoviembre) se celebra Gopastami, que conmemora el día en que Krishna pasó de cuidar terneros a cuidar vacas adultas, marcando así el final de Sus pasatiempos de la niñez.

En el Srimad Bhagavatam se describe cómo Krishna, junto a Balarama y Sus amigos pastorcillos, comenzó a llevar a las vacas a pastar por los bosques de Vrindavan, realizando maravillosos pasatiempos. Ese día, Nanda Maharaja y los pastores adultos reconocieron que Krishna ya no era un niño pequeño y debía asumir mayores responsabilidades, por lo que le permitieron cuidar las vacas en lugar de los terneros.

Mientras los gopas cuidaban las vacas y vagaban libremente por los bosques, las gopis generalmente permanecían en sus hogares, ocupadas en actividades como batir mantequilla, ordeñar y cocinar.

En el Srimad Bhagavatam (10.15.1), en el significado, se explica:

«Como el cuerpo espiritual del Señor Krishna aparentemente había crecido un poco en edad y fuerza, los hombres mayores de Vrindavan, encabezados por Nanda Maharaja, decidieron promover a Krishna de la tarea de pastorear terneros a la posición de un pastorcillo de vacas normal. Ahora Él se haría cargo de las vacas, los toros y los bueyes adultos. Por gran afecto, Nanda Maharaja había considerado anteriormente que Krishna era demasiado pequeño e inmaduro para cuidar vacas y toros adultos».

En la sección Karttika-mahatmya del Padma Purana se afirma:

«El octavo día lunar de la quincena brillante del mes de Karƫka es conocido por las autoridades como Gopastami. A partir de ese día, el Señor Vasudeva sirvió como pastor de vacas, mientras que anteriormente cuidaba de los terneros».

Krishna bendijo la Tierra caminando sobre ella, dejando las huellas de Sus pies de loto en el polvo de Vrindavan. El Señor no usaba zapatos ni ningún otro calzado, sino que caminaba descalzo por el bosque, lo que causó gran ansiedad a las muchachas de Vrindavan, que temían que Sus suaves pies de loto se lastimaran.

Srimati Radharani y Sus amigas íntimas, las sakhis, siempre deseaban estar con Krishna en Sus pasatiempos del pastoreo. Así, cuando Krishna pasó de cuidar terneros a cuidar vacas, comenzó a internarse más profundamente en el bosque de Vrindavan. Eso significaba que las gopis ya no podían verlo con la misma facilidad que antes. Para resolverlo, Srimati Radharani, Lalita, Visakha y las demás idearon un plan audaz: se disfrazaron de gopas, con turbantes, dhotis y bastones de pastoreo. Así, disfrazadas, lograron encontrarse con Krishna en el bosque sin ser descubiertas.

Hasta el día de hoy, en muchos templos y en ciudades sagradas como Vrindavan se celebra Gopastami. Ese día, la Deidad de Srimati Radharani se viste como un gopa. Se realizan procesiones en las que las vacas son conducidas con gran respeto, se las adora, se las decora y se les ofrece prasadam. Este día también se honra la importancia de go-seva (servicio a las vacas), ya que son queridas por Krishna y esenciales en la cultura védica.

En un día tan especial como Gopastami nació Dhira. Era el 9 de noviembre de 2005. El parto tuvo lugar durante la noche, así que por la mañana, cuando llegó el vaquero, la encontró de pie junto a Tilaka, su madre, con su hermosa cola rozando la tierra. Inmediatamente salió a tocar la campana de la puerta del vecino tan fuerte como pudo, lleno de euforia y felicidad. Todo el valle escuchó el llamado y pronto Dhira estaba recibiendo las felicitaciones y bendiciones de todos los devotos de Nueva Vrajamandala. Los signos de su nacimiento ya anticipaban que sería una vaca muy especial.

Dhira significa valenơa, firmeza, sabiduría o serenidad. Se usa para describir a una persona que posee coraje, paciencia y discernimiento, especialmente alguien capaz de mantener la calma y la determinación en situaciones diİciles.

Un grupo de música, liderado por Tirtha Kirti, acababa de formarse y recibió el nombre de «Dhira». Como muestra de agradecimiento y apoyo a la banda, Alberto decidió dar el mismo nombre, «Dhira», a la hermosa ternera que acababa de nacer.

La infancia de Dhira fue muy cuidada. Tras el accidente de

Balarama, Alberto decidió construir un vallado para evitar cualquier otra caída al río. Cada día tomaba a la ternerita en brazos y la llevaba hasta el campo cercado para que pudiera pasear. Cuando Dhira se volvió más pesada, comenzó a llevarla con una cuerda para que no se escapara. Muy pronto Dhira ganó peso y fuerza, de modo que ya no había problemas: si caía al río, sería capaz de levantarse y salir sola sin dificultad.

Dhira era intrépida y valiente. Cuando se proponía ir a algún lugar, no había obstáculo que la detuviera. Era muy aventurera, imponía respeto y observaba con atención todo lo que sucedía a su alrededor. Cuando alguien nuevo llegaba a la vaquería, no permiơa que le tocaran los cuernos y, a veces, se molestaba con los visitantes. Sin embargo, a medida que el rebaño fue creciendo, se volvió más sociable.

Lechera sin ternera

La forma en que Dhira llegó a dejarse ordeñar a pesar de no tener ternero es una historia sorprendente que nos cuenta Alberto:

«Mientras ordeñaba a las demás vacas, pasaba una y otra vez frente a su cuadra con el cubo, la silla para sentarme y el trapo para limpiar las ubres. Iba y venía de aquí para allá, y ella me miraba. Me miraba y me miraba continuamente. En un momento me detuve frente a ella y la observé. Cuando vi sus ojos grandes y atentos, me pregunté: ¿Por qué me mira así? ¿Será que quiere que también la ordeñe? Entonces, un día comencé a cepillarla y acariciarla. Poco a poco bajé la mano hasta sus ubres, las toqué y apreté suavemente. Salió un líquido que no parecía ni leche ni agua, pero ahí estaba. Corrí hasta el cuarto donde tenía los cubos y tomé un cacharrito pequeño. Al volver a la cuadra, ella me miró y se movió. Intenté acercarme para ordeñarla otra vez, pero de nuevo se apartó. Entonces pensé y le dije: “¿Tú quieres ser como las demás?”. Y en sus ojos brillantes vi la respuesta: sí.

Regresé rápidamente al cuarto de herramientas, tomé el cubo, la silla y el trapo, y volví a la cuadra. Esta vez, ella se quedó quieta y se dejó ordeñar». Los primeros días lo que producía no parecía leche, sino más bien un líquido espeso y blanquecino. Sin embargo, después de quince días la consistencia había cambiado, volviéndose más densa y con cuerpo.

Los devotos decidieron analizar su calidad hirviéndola tres veces y comprobaron que era buena, ya que no se cortó y mantuvo su homogeneidad.

El primer día Dhira dio menos de 100 ml. A los quince días ya producía medio litro y, al comprobar que su leche era buena, comenzó a mezclarse con la de las demás vacas. Poco a poco su producción fue aumentando. Aunque su promedio diario era de dos litros y medio, llegó a dar un máximo de nueve litros en un solo día. No era una cantidad significativa en comparación con una vaca lechera —que puede dar hasta 40 litros diarios—, pero para una vaca sin ternero era un volumen muy considerable. Dhira solo se dejaba ordeñar por Alberto, y eso suponía un problema, porque él pronto viajaría a la India y no había quien la ordeñara en su ausencia. Entonces Dina Sharana decidió embarcarse en esta aventura para ayudarle. Ordeñarla era muy diİcil porque se movía mucho y Alberto tenía que estar dentro de la cuadra repitiendo: “Dhira, quédate quieta”, “Dhira, no te muevas”, “Dhira, aquí”, “Dhira, allá”. Y así, poco a poco, Dina Sharana conseguía ordeñarla. Sin embargo, eso no resolvía del todo el problema, porque Alberto aún tenía que estar presente. Por lo tanto, idearon un plan.

Mientras Dina Sharana ordeñaba a Dhira, Alberto, que estaba a su lado, comenzaba a llamar a las demás vacas que faltaban por entrar, especialmente a Radharani, que siempre era la última. —¡Dhira, quédate quieta, que voy a llamar a Radharani! —¡Radharaniiii! —gritaba Alberto.

Así estuvieron varios días, hasta que Dhira se acostumbró.

El siguiente paso fue llamar a las vacas desde fuera de la cuadra de Dhira. Entonces Alberto salía un paso y otra vez llamaba: “Radharani, ven...”. Como siempre, Radharani llegaba, entraba en su cuadra y Alberto volvía con Dhira para vigilar que no se moviera.

Después de unos días continuó con la misma rutina, pero alejándose cada vez un poco más, hasta salir al campo, buscar a Radharani y volver al lado de Dhira.

Mientras tanto, Dina Sharana la ordeñaba y rápidamente se ganó la confianza y el cariño de Dhira.

Poco después, Alberto ya no entraba en la cuadra de Dhira. Más tarde incluso se escondía para que no lo viera, y finalmente llegó el día en que tampoco lo escuchaba. En la última prueba, Alberto permaneció oculto y en silencio, sin llamar a las vacas ni buscar a Radharani. Así Dhira no lo veía ni lo oía. Así fue como Dina Sharana logró ordeñarla cuando nadie más podía. Y Alberto, feliz y tranquilo, pudo viajar a India, ya que el plan había resultado. Cuando Alberto volvió de la India, consiguió que Dhira se dejara ordeñar incluso por los niños que venían a la vaquería. Pero todo cambió cuando su amiga Radhe murió.

«Dhira tenía la última cuadra desde la entrada. Justo al lado había estado Radhe, que recientemente había dejado el cuerpo. Entonces, la cuadra se había quedado vacía. La gente que venía a ordeñar lo tenía diİcil con Dhira porque se movía mucho, era muy inquieta. Al final fui yo para enseñarles, pensando que yo era el gran vaquero con experiencia, pero Dhira se movía de un lado a otro también conmigo. Le dije: “¿Qué te pasa?, ¿por qué te mueves tanto?”. Entonces pensé: “Voy a cambiar a Radharani, que está en la primera cuadra al lado de la entrada, a la cuadra de Radhe, y voy a poner a Dhira en la cuadra de Radharani”. Le dije: “Mira, ahora te vas a portar bien, porque todos los niños que entran aquí, la primera vaquita que ven es a ti, ¿eh?”. Entonces, a partir de allí no se volvió a mover y ordeñarla fue una maravilla, incluso para los niños más chiquititos». —Alberto Después de un tiempo, Dina Sharana y Damodara Priya notaron algunos problemas en sus ubres. Sospecharon que podía tratarse de mastitis y llamaron al veterinario, quien confirmó sus sospechas y, además, la diagnosticó con mastitis crónica. El veterinario les sugirió que la secaran y, tras discutirlo, decidieron hacerlo. Dhira respondió muy bien al tratamiento y, efectivamente, se secó por completo, por lo que dejaron de ordeñarla. Nadie podía imaginarse que todo cambiaría con la llegada de un pequeño toro huérfano. Dhira Radhe

Dhira adopta a Hanuman

La historia de Hanuman y cómo Dhira lo adoptó muestra una vez más que las vacas son seres muy sensibles y rebosan un amor maternal incomparable.

Damodara Priya y Dina Sharana, deseosos de aprender más sobre el cuidado de las vacas, visitaron una vaquería cercana. Al llegar, en la entrada, encontraron un pequeño toro atado con una cuerda corta. Era mediodía, y mientras los demás animales estaban lejos, este ternero permanecía solo, mugiendo con insistencia. Estaba sucio, pues no podía moverse del sitio donde también hacía sus necesidades. Al mirarlo, Damodara Priya sintió algo especial. El ternero la observaba una y otra vez, mugiendo como si suplicara ser rescatado. Pasó el día entero, y él seguía allí, solo, llamando sin descanso. Al ver esta escena, Damodara Priya se animó a preguntar al dueño por qué no lo soltaba. El hombre respondió que el ternero ya tenía un año y, al ser macho, podía preñar a las vacas, lo cual no les interesaba. Además, comentó que ya habían decidido enviarlo al matadero. Damodara Priya no pudo decir nada en ese momento. Regresó a casa con el corazón encogido, y esa noche no pudo conciliar el sueño: la imagen de aquel pequeño ternero no abandonaba su mente. «Apenas tiene un año… todavía es muy pequeño», pensaba. Al día siguiente habló con la comunidad y, tras varios intentos, consiguió convencerlos de traerlo a Nueva Vrajamandala. Cuando comunicaron su decisión al dueño, este se mostró extrañado: —¿Para qué lo quieren, si no necesitan un toro? No es listo, no les servirá —dijo. Pero para Damodara Priya esas palabras solo reforzaron la urgencia de salvarlo. Así fue como Hanuman llegó a Rupa Goshala. Apenas liberado, corrió libremente por los prados con la cola levantada como una

antena, desbordante de alegría. Su energía contagiosa revolucionó a la manada: todas las vacas comenzaron a moverse más, a jugar y a disfrutar de mayor ejercicio. «Cuando Hanuman llegó a nuestra vaquería, se mostró muy feliz al experimentar la libertad, ya que normalmente lo mantenían atado para evitar que dejara preñadas a las vacas. Pensaban sacrificarlo porque creían que sería diİcil de adiestrar y no necesitaban un toro». —Damodara Priya Aunque intentaron negociar también por su madre, que seguía dándole de mamar, no pudieron traerla, pues producía treinta litros de leche al día y no quisieron venderla. Damodara Priya con Hanuman

La llegada de Hanuman trajo una oleada de entusiasmo a la manada. Travieso y lleno de energía, corría tras Baladeva y los demás, y no tardó en encontrar cariño entre los suyos. Un día lo vieron mamar de Dhira y de Sundari, como un niño que volvía a sentirse seguro y amado. Fue entonces cuando, movida por el amor, Dhira, aunque era una vaca ya mayor, lo adoptó y, de manera sorprendente, comenzó a dar leche nuevamente, suficiente para alimentar a Hanuman y para ofrecer también unos litros a Sri Sri Radha-Govindachandra.

«Nosotros pensamos que Dhira ya había hecho mucho y que era tiempo de que viviera de forma más tranquila y relajada, pero al parecer las Deidades querían seguir recibiendo su leche. De hecho, Dhira empezó a dar más leche que antes; se deshizo de todos los problemas anteriores, incluida la mastitis. Después de un tiempo, Hanuman dejó de mamar, pero Dhira siguió dando leche». — Damodara Priya

Dhina Sharana intentando entrenar a Hanuman

«Cuando Hanuman tenía un año y medio, intenté entrenarlo. Pero era testarudo, no obedecía nada, hasta que un día Dharma le empujó con sus cuernos, como diciéndole: “Pórtate, cabeza dura.” Hanuman era bueno pero tenía su carácter, quería hacer sus cosas, no obedecía.. por eso no lo querían en la otra vaquería, un poco diİcil. Después con la edad se tranquilizó, y con la corneada de Dharma ya se terminó de calmar, ahora es muy tranquilo y bueno». c—Dina Sharana

Parama Karuna relata cómo fue su primer encuentro con Hanuman y cómo, poco a poco, se fue forjando entre ambos una relación de confianza:

«La primera vez que lo vi me quedé impactado por el tamaño que tenía; imponía un poco, porque al sacar la cabeza por el pasillo de la vaquería, donde están las cuadras, yo tenía que pasar por debajo de él cada vez que iba y venía. Después, con el tiempo, empecé a conocerlo y fui tomando más confianza con él; uno se va dando cuenta de que lo que tiene de grande lo tiene de bueno. Él es curioso, no se quiere perder nada de lo que está pasando en la vaquería. Debido a su tamaño, puede asomarse por encima de las divisiones y chusmear lo que pasa, y también comerse la comida de las otras vacas. Parama Karuna con Hanuman

Hanuman no solo se destaca por su tamaño, sino también por cómo maneja su propio tiempo. Se toma el tiempo que quiere para entrar o para salir. Puede quedarse parado en la misma posición por mucho tiempo, y no importa si es al entrar o salir de la vaquería, impidiendo el paso de las demás vacas, que quedan esperando. Otra cosa que me sorprendió es que le encanta mirar el río. Puede pasarse toda la mañana mirándolo».

Dhira visita la cocina

La pasión de Dhira era la comida; le encantaba comer. No lo hacía con ansiedad ni desesperación, no comía ni rápido ni lento: simplemente disfrutaba tranquilamente de cada bocado. Su expresión de placer y satisfacción al comer era, para mí, algo único y hermoso de contemplar.

Dhira rumiaba con la cabeza erguida, serena, mostrando una calma imperturbable. Un gesto sencillo que revelaba su paz interior. Cuando la conocí, ya era muy mayor; le costaba levantarse porque tenía la cadera desviada y arrastraba un poco una pata. Sin embargo, cuando escuchaba el sonido de la carretilla con el heno o verduras en el pasillo, se incorporaba con rapidez. Tanto, que cuando la comida llegaba hasta ella ya estaba lista para empezar a masticar.

Una mañana lluviosa y fresca, Parama Karuna fue a ordeñar a las vacas. Le encantaba ese momento con ellas, de modo que solía aislarse del resto del mundo. Yo sabía que, entre las 6:30 y las 9:00 de la mañana, no estaba para nada ni para nadie. Aquellas horas eran su tiempo más especial del día. Por eso me resultó extraño que me llamara.

—Madhavi, ¿puedes venir? Dhira se ha metido en la cocina.

«Cada día, cuando entraba a la goshala, encendía las luces y saludaba a las vacas. Al abrir la puerta del pasillo donde estaban las cuadras individuales, me sorprendió no ver a Dhira en su sitio; como dormía justo frente a la entrada, siempre era la primera en aparecer. Miré a un lado y a otro, y no estaba. Estaban todas las demás vacas, menos ella. Muy raro. Saludé a las demás y fui hacia la cocina.

Las vacas de Rupa Goshala — Dhira visita la cocina

Al llegar, me encontré con una escena asombrosa, casi de película. Dhira estaba encajada dentro de la pequeña cocina, con la cabeza sobre la pila. El grifo estaba roto, y un chorro de agua le salpicaba la cara. “Se ha muerto”, pensé. “No puedo creer lo que estoy viendo”. Me desesperé en cuestión de segundos. Pero, de pronto, Dhira se movió. Eso me dio un pequeño alivio: estaba viva, aunque no podía moverse ni hacia adelante ni hacia atrás». —Parama Karuna Tras aquella llamada breve y urgente, bajé rápidamente a la vaquería. Al llegar, las demás vacas se miraban entre sí con una mezcla de preocupación e inocencia, como si quisieran decir que ellas no tenían nada que ver con lo ocurrido, pero al mismo tiempo permanecían serias y atentas.

Entré a la cocina, que en realidad no era una cocina propiamente dicha, sino un cuartito estrecho donde guardábamos y pesábamos la leche. Allí estaba Dhira, tumbada y encajada entre la pared, el pequeño frigorífico, la estantería, el fregadero y las cajas con las botellas de leche. Con sus cuernos había destrozado todo lo que tenía alrededor, incluido el grifo, del que seguía brotando un chorro de agua a toda presión.

Sus caderas torcidas estaban lastimadas por el roce con la pared; sus patas, entrecruzadas bajo su cuerpo, quedaban apretadas contra el frigorífico e inundadas por el agua que caía desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Además, tenía cortes provocados por los cristales de las botellas rotas, y su estiércol, mezclado con el agua, completaba aquella increíble escena.

Parama Karuna y yo no sabíamos qué hacer ni por dónde empezar. Tras analizar un poco la situación, se me ocurrió cerrar la llave del agua y comenzar a desmontar la cocina. Sacamos fuera todo lo que pudimos. Algunas cosas resultaron fáciles de mover, pero otras exigieron mucho esfuerzo. Aun así, logramos que al menos Dhira no estuviera tan apretada.

Sin embargo, aunque ahora tenía más espacio, no conseguía levantarse. Sin dudarlo, fuimos a pedir ayuda a los devotos. Llegaron Adirasa, Chaita y, más tarde, también Ugrasena.

Entre todos intentaron animar a Dhira para que se pusiera en pie, pero no lo lograba. Cada vez que lo intentaba, sus patas resbalaban en el suelo mojado. Para ayudarla, colocaron paja y tierra debajo, pero tampoco sirvió de mucho.

Entonces, desmontaron lo que quedaba de la cocina: quitaron el marco de la puerta, cortaron las estanterías y derribaron parte de la pared. Dhira tenía ahora más espacio para salir, pero aun así no podía moverse. Estaba vieja, cansada y atrapada en la cocina.

Los devotos trataron de ayudarla atándola con cuerdas en los cuernos y en la cadera, pero tampoco funcionó. Me daba pena verla así, así que le llevé comida. Fue un error: se acomodó para comer y

Las vacas de Rupa Goshala — Dhira visita la cocina se entretuvo un buen rato, disfrutando de su comida como siempre. El tiempo pasaba y la situación no cambiaba, así que decidimos atender a las demás vacas, que seguían expectantes. Cuando salían de la vaquería, algunas pasaban rápido, pero las más curiosas se demoraban mirando a Dhira.

Como habíamos sacado los enseres de la cocina, las vacas más curiosas se acercaban a explorar y fisgonear los diferentes arơculos, por lo que también había que estar pendientes de ellas.

Finalmente, al mediodía, Dhira se levantó con la ayuda de los devotos. Fue un esfuerzo conjunto: uno hizo palanca con un palo para levantar su cola, otro tiró de la cuerda atada a su cadera. Al ver que Dhira reaccionaba positivamente, supieron que había esperanza.

Emocionados, comenzaron a animarla con gritos de aliento:

—¡Vamos, Dhira, vamos!
—¡Fuerza, Dhira!
—¡Vamos, vamos!

Cuando logró ponerse en pie, Dina Sharana se colocó delante para guiarla hacia atrás. Un devoto sujetó la cuerda de sus cuernos, otro la de su cadera, y entre todos la fueron conduciendo hasta que consiguió retroceder y girar hacia el pasillo.

¡Lo habían conseguido!

Ese momento fue un gran alivio para todos. Parama Karuna y yo nunca olvidaremos aquel día.

Más tarde, al revisar las cámaras, descubrimos lo sucedido. Dhira había salido de su cuadra la noche anterior, a las 23:00. La puerta no estaba del todo cerrada, y ella, con el cuerno, consiguió desenganchar el pestillo que apenas la sujetaba. Abrió la puerta y salió por el pasillo directamente hacia la cocina, donde había zanahorias y repollos, un manjar para ella.

Creemos que se sintió tentada por aquellas exquisiteces y, a pesar de que era un espacio pequeño, incómodo y diİcil de acceder, se aventuró a entrar. Lo que no pudo hacer fue salir. Se quedó atascada y, más tarde, se tumbó.

Dhira abandona el cuerpo

Damodara Priya siempre estaba pendiente de Dhira porque era la vaca más anciana, y por ello recibía un trato especial. Durante el invierno la cubría con una manta, le compraba frutas y verduras para mantenerla fuerte, la cepillaba a pesar de que su pelo era corto, le hacía masajes y, de vez en cuando, la bañaba para que estuviera siempre hermosa. Cuando Dhira no se encontraba con fuerzas para salir al campo con las demás, se la trasladaba al espacio más amplio de la vaquería para que descansara con comodidad y tranquilidad.

Dhira dejó su cuerpo a los 19 años. Tres días antes de su partida ofreció su última leche a nuestras queridas Deidades, Sri Sri RadhaGovindachandra.

A pesar de su edad y de las limitaciones propias de sus problemas óseos, se mantenía decidida y continuaba pastando cada día en los campos. Hasta dos días antes de su partida aún lograba levantarse, pero la víspera, pese a sus esfuerzos, ya no pudo mantenerse en pie. Con la ayuda de los devotos fue movida con cuidado durante toda la jornada para garantizar su comodidad, y en la mañana de su partida la colocaron en una posición que le permitió estirarse y relajarse, ofreciéndole así un poco de alivio.

El último día, hacia las cuatro de la tarde, Dina Sharana, Damodara Priya y Ramanuja comprendieron que su hora estaba cerca. Le ofrecieron agua del Ganges y comenzaron a cantar los santos nombres. Esa misma mañana yo le había dado charanamrita, el agua que había bañado los pies de loto de Krishna, y la bebió con gusto.

Antes de las cinco de la tarde, Dhira dejó su cuerpo pacíficamente y sin dificultad. Inmediatamente después, un numeroso grupo de devotos se reunió para despedirla con el canto de los santos nombres. Ese día, además, se encontraban en la finca unos setenta invitados Erasmus y, gracias a ellos, junto con los miembros de la comunidad, pudieron trasladarla fuera de la vaquería. Así, Dhira tuvo una gran despedida.

Las vacas de Rupa Goshala — Dhira abandona el cuerpo

“Nuestro deseo era enterrarla en Nueva Vrajamandala, nuestra tierra espiritual. Al principio, las normativas exigían que su cuerpo fuese cremado por las autoridades. Sin embargo, debido a retrasos en la recogida del cuerpo y al cierre de carreteras por el festival taurino local, obtuvimos un permiso especial para enterrarla en nuestra tierra sagrada. Quiero expresar un agradecimiento especial a Pushpa Gopala, cuyos esfuerzos fueron decisivos para conseguir ese permiso y darle a Dhira un descanso en paz. A lo largo de su vida, Dhira mostró un valor y una determinación extraordinarios, pastando en lugares a los que otras vacas no se atrevían a ir. Aunque nunca tuvo un ternero, produjo leche durante muchos años y continuó haciéndolo hasta el final de su vida. Incluso cuidó con cariño a Hanuman, alimentándole con su leche cuando llegó aquí con apenas un año y medio. Aunque intentamos secarla por su avanzada edad, ella insistió en seguir sirviendo, llegando a aumentar su producción hasta nueve litros en sus últimos años. Incluso en sus últimos días ofreció 300 ml de leche, demostrando su dedicación hasta el último aliento.” —Damodara Priya

Dhira es un icono en nuestra vaquería, un verdadero símbolo de lo que significa ser una vaca de Krishna. Entre todas las vacas especiales de Nueva Vrajamandala, ella era “la” especial. Todos los que conocimos íntimamente a Dhira coincidimos en ello. Y todos la llevamos en un rincón especial de nuestros corazones, porque fue una madre que se entregó con determinación al servicio de Sri Sri Radha-Govindachandra.

Yamuna — la apacible

A principios de los años 2000, los devotos de Rupa Goshala compraron una vaca en las afueras de Madrid. La llamaron Yamuna, en honor al río que pasa por Vrindavan, donde Krishna y Sus amigos llevaron a cabo muchos pasatiempos. El nombre le sentaba a la perfección, dado que su debilidad por las aguas pronto se manifestaría en más de una ocasión.

Cuando los devotos fueron a recoger a Yamuna con la furgoneta del templo, ella no quería subir y tardaron casi cuatro horas hasta que por fin lograron meterla dentro. Al poco tiempo, Yamuna, de un cabezazo, rompió una de las ventanillas laterales. El cristal quedó colgando y la vaca sacó la cabeza. Así fue como cruzaron todo Madrid, con la cabeza de Yamuna asomada por la ventanilla.

Más adelante, ya saliendo de la ciudad, Yamuna volvió a embestir con su cuerno y, esta vez, rompió el cristal trasero. De modo que, durante el resto del viaje, Yamuna alternó entre sacar la cabeza por la ventanilla trasera y la lateral. Así llegó a Nueva Vrajamandala, mirando por todas partes a través de las ventanillas.

«Cuando llegó a la finca, Yamuna tenía dos años y estaba preñada de unos tres meses. Al finalizar su gestación, dio a luz a Gopi. Fue un parto muy complicado. Recuerdo perfectamente aquel 23 de diciembre. Yo regresaba de la India y sabía que Yamuna estaba pariendo, así que fui a verla de inmediato. Al llegar, Gopi ya había nacido y Yamuna tenía lo que parecía ser la placenta colgando. En aquel entonces yo era bastante inexperto y no entendía bien lo que estaba sucediendo. Un devoto me dijo: “Eso debe de ser la placenta. Se desprenderá durante el día y luego ella misma se la

comerá”. La placenta es muy nutritiva y fortalece la leche para los primeros días del ternero. Sin embargo, al día siguiente, la supuesta placenta seguía allí. Así que llamamos rápidamente al veterinario, quien llegó de inmediato a la vaquería. Allí descubrimos que no era la placenta, sino la matriz, que estaba completamente invertida. Es como cuando volteas un calceơn al revés. Teníamos que reintroducirla lo más rápido posible, ya que la vida de Yamuna corría peligro. Pasamos unas seis horas en total masajeando a la vaca y reintroduciendo la matriz. La levantamos con una sábana hasta la altura de la vulva y, con aceite y masajes, la fuimos introduciendo poco a poco. Cuando uno se cansaba, iba el otro; cuando el segundo se agotaba, entraba un tercero. Así, entre cuatro, durante cuatro horas. Una vez adentro, el veterinario realizó unas suturas en la vulva para evitar que la matriz volviera a salir. Yamuna tuvo que ser anestesiada, pero solo un poco, ya que debía mantenerse de pie; así, al menos, no sentiría tanto dolor. Siendo el 24 de diciembre, a las 21:00, el veterinario dijo: “Gracias a Dios, le hemos salvado la vida”». —Anadi

Yamuna se recuperó bien y crió a Gopi sin problemas. En Nueva Vrajamandala, los terneros no se separan de sus madres: pueden beber toda la leche que deseen. Pero, naturalmente, cuando comienzan a comer hierba, disminuye su consumo de leche. Así, a los seis meses, Gopi empezó a comer más hierba y a beber menos de su madre. Aun así, Yamuna seguía produciendo mucha leche, por lo que cada día había más leche para ordeñar.

Vacaciones en una isla

Un día, en pleno invierno, Yamuna se había ido a la otra orilla del río, a una pequeña isla. Allí estaba, disfrutando de sus «vacaciones», como si estuviera en una playita, muy tranquila, comiendo la hierba más verde. —¿Qué haces allí, Yamuna? —preguntó Alberto.

Decidido a traerla de vuelta, cruzó el río utilizando unos árboles caídos que le sirvieron de puente. Una vez allí intentó ayudarla a regresar a la vaquería, pero ella se negó rotundamente. No quería moverse. Por mucho que insistiera, Yamuna se plantaba firme en su posición. Alberto esperó un rato y volvió a intentarlo. Ella caminaba un poco, pero al llegar al borde del río se detenía de golpe, como si sus patas se hubieran quedado clavadas en la tierra. Quizá notaba que el cauce del río había aumentado o simplemente no le apetecía volver. La cuestión es que no había manera de hacerla avanzar. Alberto, junto a su amigo Antonio, decidió construirle un camino más accesible para que pudiera cruzar con mayor facilidad, pero a Yamuna tampoco le interesaba. No hacía ningún esfuerzo por regresar. En uno de los intentos por hacerla cruzar, Yamuna avanzó un poco, pero tropezó y cayó al agua. Quedó tumbada y, al ser ya una vaca mayor, le costaba levantarse. Su cabeza quedó sumergida y el vaquero, reaccionando de inmediato, corrió a sujetarla por los cuernos para ayudarla a levantar la cabeza y que pudiera respirar. Pero, en medio de la desesperación, Yamuna hizo un brusco movimiento, levantando el cuello con tanta fuerza que Alberto salió despedido hacia atrás. El impacto lo lanzó directamente al agua, empapándolo de pies a cabeza en pleno invierno.

A pesar de aquel incidente y del frío que tuvo que soportar, Alberto no se rindió en su intento de hacer que Yamuna regresara. Conmovido por la situación, comenzó a visitarla con frecuencia. Le llevaba fruta y verdura, le hacía mimos y caricias para que estuviera más cómoda, e incluso iba a ordeñarla. Tal vez, pensaba, así lograría convencerla de volver a casa.

Cada vez que iba a verla o a ordeñarla, tenía que cruzar el río usando los árboles caídos, lo que suponía un esfuerzo extra. Pero, aun con toda su dedicación, Yamuna no cedía. La situación empezaba a preocuparle cada vez más.

Entonces, Alberto decidió hablar con Venudhara, uno de los residentes más antiguos de Nueva Vrajamandala, quien había sido uno de los vaqueros más expertos en el pasado. Al contarle lo

sucedido, este le dijo con firmeza:
—No le des comida. No le des nada de nada.
—¿Cómo que no le dé comida? ¡Pobrecita…!
—Pobrecita nada. No le des comida.

Siguiendo su consejo, Alberto dejó de llevarle alimentos a Yamuna. Solo le ofrecía un pequeño puñado de pienso cuando iba a ordeñarla, apenas lo justo para que mojara la boca y lamiera algo. Nada más.

Al tercer día, Yamuna apareció sola en la puerta del pajar. Había entendido que, si quería comer, debía regresar. *** Tener un río sin vallado cerca de la vaquería siempre supuso un riesgo para las vacas. Aunque en su cauce habitual el agua rara vez supera

Yamuna

el medio metro de profundidad, cuando crece puede alcanzar más de un metro y medio, volviéndose peligrosa. No solo Yamuna tuvo problemas al intentar cruzarlo; en otra ocasión también Tilaka quedó atrapada. Aunque el agua no siempre es profunda, la corriente y el terreno irregular hacen que salir por sí solas sea diİcil.

Estos incidentes dejaron clara la necesidad de tomar medidas preventivas para proteger a los animales y evitar futuras complicaciones. Por ello, hoy en día Rupa Goshala ya cuenta con un vallado de protección a lo largo de todo el campo que limita con el río.

Yamuna fue una vaca feliz: disfrutó de la compañía de su hija y, después, de su nieto Rupa durante toda su vida. Vivió una vida muy tranquila y, desde que parió a Gopi, estuvo dando leche durante catorce años. En su paso por la vaquería demostró su debilidad por el agua, cayendo dos veces al canal y cruzando dos veces el río. Una de esas veces quedó del otro lado del río durante una semana; hubo que llevarle comida, ordeñarla y hacerle un camino, a pico y pala, para que pudiera regresar con más facilidad. Y una de las veces que se cayó en el canal, los devotos tiraron piedras durante más de tres horas para que disminuyera poco a poco la profundidad y Yamuna pudiera salir.

La despedida

Finalmente, Yamuna dejó de dar leche un mes antes de morir, porque su afición por el agua la llevó a una situación complicada que después le produciría la muerte. El frío era intenso cuando Yamuna dejó su cuerpo. Ya era muy anciana y caminar le resultaba diİcil por su cadera. Los campos detrás de la vaquería estaban llenos de charcos helados y, en uno de ellos, cayó. La superficie se rompió bajo su peso, atrapándola en el agua. Los devotos intentaron ayudarla con cuerdas, pero fue imposible liberarla. Como no podían sacarla, decidieron arrastrarla al menos fuera del charco y llevarla a un lugar con hierba seca. Lo consiguieron, Las vacas de Rupa Goshala — Yamuna pero, una vez allí, no pudo levantarse más: no lograba ponerse en pie ni mantenerse erguida. La noche se acercaba rápidamente y, con ella, el frío intenso que lo congelaría todo, incluida Yamuna. Era urgente actuar. Ante la imposibilidad de trasladarla a tiempo y con la noche ya encima, los devotos buscaron alternativas. Se les ocurrió encender hogueras alrededor de Yamuna para mantenerla caliente y ayudarla a pasar la noche. Encendieron cinco hogueras y las mantuvieron ardiendo toda la noche, turnándose cada dos horas para vigilarlas y asegurarse de que Yamuna no se congelara. Al día siguiente, Yamuna seguía viva, aunque todavía sin poder levantarse. Había que encontrar la manera de llevarla a la vaquería, donde estaría más protegida, bajo techo y sobre paja caliente. Entonces, Krishna les inspiró una idea: usar una puerta grande y vieja de hierro. Ataron aquella puerta a la furgoneta y la acercaron hasta donde estaba Yamuna. Tomaron sus patas y tiraron con fuerza hacia la puerta. Yamuna rodó sobre su lomo redondeado y quedó recostada sobre la puerta en cuestión de segundos. Una vez sobre la puerta, la arrastraron lentamente con la furgoneta hasta la vaquería. Allí la acomodaron y la cuidaron. La muerte se acercaba poco a poco, y después de un mes de atenciones se aproximaba su momento. Fue un tiempo diİcil, ya que permanecer tanto tiempo acostada le producía llagas, por lo que debían voltearla y masajearla con cremas constantemente. Finalmente, llegó el día de su partida. Alberto cubrió a Yamuna con una manta y llevaron su cuerpo hasta la puerta de la vaquería. Gopi, que estaba lejos, percibió lo sucedido y corrió hacia el cuerpo de su madre recién fallecida. Apoyó su cabeza sobre ella, mugió tres veces con fuerza y luego se marchó lentamente hacia el campo.

Gopi — la ruda

La hija de Yamuna, Gopi, fue una vaca de carácter fuerte. Por su comportamiento, podría pensarse que era mitad vaca, mitad toro. Tratar con ella resultaba bastante diİcil, ya que tenía la tendencia a dar patadas y a golpear con la cabeza. Sin embargo, con Alberto, Gopi se mostró más dócil. Los dos tenían una relación muy buena. Un día, Alberto la estaba acariciando y ella, al moverse, le hizo con su cuerno un pequeño rasguño en el brazo. —¡Mira, Gopi, lo que me has hecho aquí! ¡Mira! ¿Yo alguna vez te he hecho daño? ¿Por qué me has hecho esto? —le dijo Alberto con una voz grave y seria. Gopi agachó la cabeza y comenzó a lamerle la pequeñísima herida. Al ver su reacción afectuosa, Alberto sintió cómo «la ruda Gopi» le conquistaba el corazón.

Gopi en su cuadra

El aviso

Una noche, en todo el valle se escuchaban los mugidos de Gopi: —¡Muuuuuuu… muuuuuu… muuuuuu…! Tenía una voz muy fuerte y un mugido característico. Todos podían escucharla y reconocer su voz. —¡Muuuuuu… muuuuuuuu…! Alberto se despertó y bajó hasta la vaquería para ver qué pasaba. Algunos devotos también se despertaron y comenzaron a llamar por teléfono para averiguar qué ocurría. Pero, cuando Alberto llegó, todo parecía estar en orden. Nada extraño. Sin embargo, Gopi seguía mugiendo con todo fervor. —Pero, Gopi, ¿qué te pasa? Si todo está bien… ¿qué es lo que quieres? —¡Muuuuu… muuuuuu…! —respondió con otro fuerte mugido. Inmediatamente, Alberto sospechó lo que estaba ocurriendo. En ese momento, la vaquería estaba dividida en dos espacios. A casi un kilómetro se encontraban otras vacas, y entre ellas había una a punto de dar a luz. —¿No habrá parido la vaca? —se preguntó Alberto. Subió rápidamente hasta la casa de Mahalaksmi, una gran devota y amiga de Nueva Vrajamandala. La despertó y le pidió las llaves de su coche. También despertó a su hijo Ananda y le pidió que lo acompañara por si necesitaba ayuda. Increíble: cuando llegaron al campo de la otra vaquería y encendieron las luces, todo se iluminó y allí estaba el ternerito recién nacido. Gopi había estado avisando.

Un ordeño diİcil Alberto recuerda:

«Gopi —la verdad es que yo la quería muchísimo, me senơa muy atraído hacia ella; teníamos algo único. Pero no era fácil de tratar, y menos aún para ordeñar. En todo momento intentaba dar patadas, nunca dejaba de hacerlo. Así que, con una mano ordeñaba y con la otra tenía que frenar y contener las patas para que las patadas no alcanzaran el cubo donde recogía la leche. No paraba ni un momento. En fin, no era fácil, pero de alguna manera nos habíamos acostumbrado. Hubo un día en que yo estaba muy enfermo, con fiebre, sintiéndome fatal. Pero, claro, tenía que ordeñar. Así que bajé como pude a la vaquería para hacer mi servicio. Cuando entré en la cuadra de Gopi, le dije: —Mira, Gopi, pórtate bien hoy, por favor. Sabes que estoy muy mal. Estoy hecho polvo. Hazme el favor y no te muevas. Me meơ dentro y, ¿puedes creer que no se movió en absoluto? Nada de nada. Se quedó quieta todo el tiempo del ordeño. Cuando acabé y salí de la cuadra, comenzó a dar sus ơpicas y clásicas patadas. Fue increíble».

Las vacas son animales bondadosos que poseen una sabiduría silenciosa que pocos logran comprender. Aquel día de agotamiento, cuando Alberto ya no podía más, Gopi, con su comportamiento, mostró la profundidad de esa conexión que va más allá de lo visible. No se trataba solo de ordeñar o de la rutina diaria, sino de un entendimiento mutuo, de un respeto tácito. Las vacas saben cuándo su compañero necesita un respiro y, en un pequeño acto, se convierten en algo mucho más que animales de producción. Gopi siempre fue muy rebelde, pero también muy perceptiva. Cuando llegaba alguien antipático, agresivo o con malos tratos, rápidamente se alteraba y mugía a todo volumen, como si fuera una queja. Tenía mucha sensibilidad para reconocer el estado de las personas. Cuando niños pequeños de cuatro o cinco años querían ordeñarla, Alberto le decía: —Oye, Gopi, pórtate bien, que es un niño chiquiơn. Y ella no se movía. Las vacas son seres muy sensibles; pueden darse cuenta de todo lo que sucede a su alrededor. Otro ejemplo muy claro es cuando viene

el veterinario. A las vacas no les gusta el veterinario porque les pincha el rabo por detrás, a veces les saca sangre, les hace pruebas que las pinchan en el cuello… y eso no les gusta. Lo que a ellas les gusta es que las cepillen. El día que llega el veterinario, los vaqueros actúan con normalidad, disimulando que será un día corriente, pero nunca logran engañarlas. Ellas siempre lo saben e intentan salir corriendo rápidamente hacia el campo.

Gopi abandona el cuerpo

El tiempo pasó y llegó la hora de despedir a Gopi. Generalmente, las vacas, antes de irse, se tumban, dejan de levantarse, de comer y de beber agua. Permanecen así durante unos días, hasta que les llega el momento. Gopi llevaba tres días tumbada, esperando su hora de dejar el cuerpo. Los devotos la acompañaban, le habían preparado un sitio acogedor, una sombrilla la protegía del sol y se turnaban para cantar el santo nombre a su lado. De repente, el devoto que estaba afuera con ella entró en la vaquería para llamar al vaquero: —¡Alberto, Alberto, ven, que Gopi ha dejado el cuerpo! Alberto se asomó rápidamente a la puerta y vio que Gopi movía la oreja, como si saludara con la mano, como diciendo: «Bye bye». —¡No está muerta! ¡Ha movido la oreja! —Sí, ha muerto —respondió el devoto. Alberto se acercó para tocarla y confirmó que, efectivamente, había dejado el cuerpo. Asombrado, se dirigió a Eva, otra compañera que se encontraba allí, y le dijo: —¿Tú has visto lo que hizo? ¿Has visto que movió la oreja? —Sí, sí, yo también lo vi —respondió ella. Así, en un ambiente de respeto y amor, los devotos acompañaron a Gopi en su último viaje, rodeándola de cantos y cuidados hasta su despedida. En ese momento, todos recordaron que los lazos verdaderos trascienden el tiempo y la forma, vínculos que dejan recuerdos imborrables en el corazón.

«Me acuerdo de Gopi cuando estaba dejando el cuerpo. Nosotros la acompañábamos, cantando el santo nombre. Allí estaba ella, tapadita, ya sin levantarse. Fue increíble estar con ella hasta el último momento. Veíamos a Alberto allí, especialmente con Gopi… estaba con los ojos brillantes, a punto de llorar. Eso hizo que nuestras lágrimas también brotaran. Ahí nos dimos cuenta de que las relaciones de amor van más allá de los cuerpos İsicos. Son vínculos que permanecen eternamente. Haber despedido a la gran Gopi en comunidad fue un momento triste, pero también hermoso». — Laksmana

La última cena de Gopi

Las vacas de Rupa Goshala — Rupa

Rupa — el gentil

Anadi Krishna Prabhu, conocido entre los devotos como Anadi, intentó inseminar artificialmente a Gopi en tres ocasiones. Para cada intento se esperó el momento fértil y se llamó a la veterinaria, que traía semen de un toro americano llamado «Ringo». Los tres intentos fallaron. Dado el elevado coste de cada procedimiento, Anadi decidió no repetirlo y trasladó a Gopi al cercado de las «vacas secas». Ocho meses después, un devoto le dijo con sorpresa: —¡Oye! ¡Hay un ternero entre las vacas secas! ¿Lo has visto? —¡¿Qué dices?! —respondió Anadi.

Fue a comprobarlo y, detrás de Gopi, encontró un hermoso ternero mamando de unas ubres enormes que caían entre sus patas. ¡La última inseminación no había fallado! ¡Había sido un éxito rotundo! Gopi había parido en el campo, en algún lugar de las veinte hectáreas destinadas a pasear y pastar… Allí nació Rupa. Así, Gopi regresó al grupo de vacas lecheras y allí crió a su pequeño ternero. Rupa era hermoso, de un rubio claro casi dorado.

Rupa dando los primeros pasos

Cuando nació era muy pequeño, pero con el tiempo creció hasta convertirse en un buey enorme, de más de mil kilos. A pesar de su tamaño, era sumamente gentil y bondadoso. Las personas que visitaban la vaquería quedaban asombradas y encantadas con su belleza, nobleza y majestuosidad. Lamentablemente, un día Rupa se hirió con algo debajo de las pezuñas. La herida pasó desapercibida y, como él seguía de buen ánimo, nadie notó el problema. El tiempo fue transcurriendo hasta que la lesión le provocó una infección. Cuando los síntomas se manifestaron, ya era demasiado tarde. Solo cuando Rupa se tumbó y se negó a levantarse descubrieron lo que ocurría. La infección había avanzado considerablemente y, tras un largo y arduo mes de tratamiento con antibióticos y drenaje manual del pus, Rupa falleció a causa de septicemia. Rupa dejó un gran recuerdo en la vaquería. A diferencia de su madre, su carácter era completamente noble y pacífico. En su honor, la vaquería adoptó su nombre, y hoy se conoce como «Rupa Goshala», que significa «la vaquería de Rupa».

Las vacas de Rupa Goshala — Radharani

Radharani — la reina

Laxmi era una vaca Holstein y Dharma, un toro Pardo Alpino. De ellos nació una ternerita: Radharani. Ella pudo mamar toda la leche que quiso durante el tiempo que le apeteció; de hecho, estuvo mamando de Laxmi durante más de un año.

«Radharani nació el 1 de octubre de 2008. Su padre fue el noble Dharma y su madre, Laxmi, una vaca Holstein que me regaló Krishna Devi Dasi cuando su padre cerró su vaquería por jubilación. Desde pequeña Radharani era independiente, lista y traviesa, como su madre. A los cuatro meses ya mordisqueaba la hierba y probaba el pienso, y a los seis comía como las vacas adultas, aunque siguió mamando durante más de un año». —Anadi

Hoy Radharani es una vaca grande, de color negro. Tiene cuernos largos y finos que se curvan hacia el cielo, ojos grandes y hermosos con pestañas largas y regulares. Sus patas son largas y fuertes, su fisonomía delicada y su andar suave y elegante.

Su gran tamaño y carácter imponen respeto. Ella siempre es la última en entrar a las cuadras y, cuando lo hace, las demás vacas se apartan del pasillo. A veces incluso puede verse cómo algunas inclinan la cabeza a su paso. Ella es la reina de Rupa Goshala.

A pesar de ser traviesa, Radharani era también dulce, pero muy reservada. Acercarse a ella no resulta fácil; no le gusta que la toquen, a menos que sienta la confianza suficiente para aceptarlo. Para tener una relación con Radharani hace falta mucha paciencia y amor. No es tan sencillo conquistar su corazón.

Con el tiempo y la convivencia diaria, podemos comprobar cómo reaccionan las vacas hacia nosotros. No son como un perro, pues un perro con un poco de pan rápidamente conİa y te sigue. Con las vacas es distinto: puedes darles órdenes, hacerlas entrar o salir, pero lograr una relación íntima es otra cosa. Paul recuerda cómo llegó a entablar su relación con la reina de la goshala.

«Radharani era muy sensible, no se la podía tocar. Cada vez que intentaba acercarme más a ella buscando un vínculo, no me dejaba. Mi costumbre diaria era que, después de ordeñarlas y cepillarlas, las sacaba al campo una a una. Antes de salir, acariciaba a cada una: los ojos, la cara, el flequillo, la panza, el cuello… y luego abría la puerta para que saliera. Así con la primera, con la segunda, con todas. Pero al llegar a la cuadra de Radharani, no. Simplemente abría la puerta y ella salía. No me dejaba darle ningún tipo de cariño; todos los días era lo mismo. Pasaron casi cuatro meses hasta que, un día, abrí la puerta y ella no quiso salir. Bajó la cabeza delante de mí y lo entendí al instante: “¿Me está pidiendo que la acaricie también?” Desde ese momento, se dejó acariciar por la barriga, detrás de las orejas y por todos lados… y luego salía al campo. A partir de aquel día, ella me aceptó. De esta experiencia saqué una conclusión: durante más de tres meses, ella estuvo observando, observando, observando… Miraba

cada uno de mis movimientos, cómo trataba a las demás. Cada ser tiene su propio ritmo para permitirnos acercarnos. Con el tiempo y el trabajo diario, tanto nosotros como ellas perdemos miedos. Muchas vacas han sufrido traumas que tardan en superar.» —Paul.

Radharani vivió dos traumas diİciles de sobrellevar. El primero ocurrió cuando ella y Sundari fueron trasladadas desde la vaquería de Anadi a la vaquería Rupa Goshala, situada a apenas un kilómetro de distancia. Fue un traslado muy complicado, ya que ambas vacas, recién preñadas, no querían irse. El segundo trauma ocurrió durante el parto, al dar a luz un ternero muerto. Anadi recuerda:

«En mayo de 2012 regalé a Radharani junto con Sundari a la vaquería del templo. En ese momento yo tenía nueve vacas y dos toros, mientras que el templo solo contaba con cuatro, pues en poco tiempo habían muerto varias vacas y un buey. El traslado fue traumático; además, ambas estaban preñadas de tres meses y Radharani perdió a su ternero en el parto. También sufrió la separación de su madre y de sus compañeras, volviéndose más distante. Aun así, siguió dando unos pocos litros de leche cada día y, gracias al buen trato diario de sus amorosos cuidadores, su carácter fue cambiando con el tiempo».

Los dos golpes que Radharani sufrió fueron tan severos que las secuelas duraron bastante tiempo. Sin embargo, gracias a la paciencia y el amor de los vaqueros logró superarlos gradualmente. Así que con el tiempo se volvió más dócil y suave, dejándose amar por aquellos que le inspiraban confianza.

«Cuando Radharani y Sundari llegaron al límite del vallado donde vivían, se negaron a seguir caminando por la carretera. No había manera. Éramos un grupo de devotos intentando que avanzaran, tirando de ellas con una cuerda, pero no había forma de hacerlas moverse. Al final vino un tractor, las atamos y las fuimos arrastrando poco a poco, porque se clavaban en el suelo con las pezuñas, resistiéndose a avanzar. Una de ellas se cayó y se lastimó la rodilla. Fue un desastre. Tardamos muchísimo en llegar de una vaquería a la otra. Luego, para que se acostumbraran al nuevo lugar, tampoco fue fácil. Primero dormían fuera; después conseguimos que entraran en la parte grande, al menos para comer, porque no se habían integrado con las demás vacas. Las dos estaban preñadas. Sundari, sin problemas, parió a Jagannatha, un buey que hasta hoy está con nosotros. Nació el día de Ratha-yatra y fue una historia muy bonita. Pero Radharani tuvo complicaciones con el parto. Gracias a Krishna, estaba allí Prema Murti, que tiene experiencia con las vacas, y me ayudó. Hicimos un esfuerzo enorme, pero, cuando por fin sacamos el ternero, ya estaba muerto». —Alberto

Durante más de una década, Radharani enfrentó estas dificultades con introspección, valenơa y resiliencia. Su mirada cambió y se volvió más solitaria, pero siempre permaneció tranquila y pacífica. Aun así, ordeñarla después de la pérdida de su crío fue un gran desaİo. Los vaqueros que la acompañaron y todavía hoy la sirven tuvieron que desarrollar nuevas capacidades para poder tratar con ella.

Alberto cuenta que ordeñarla era sumamente diİcil, porque daba unas patadas tremendas, que era necesario atarla de las patas y, aun así, seguía siendo peligroso. Con el tiempo, al ir conociendo a los vaqueros, poco a poco, se volvió más dócil.

«Una vez, Alberto se fue por dos semanas y yo quedé a cargo de las vacas. Él ya me había enseñado todo, pero había una vaca, Radharani, a la que solo él podía ordeñar. Para mí era muy diİcil; lo intentaba, pero ella no me dejaba. Aun así, no perdí la paciencia… seguí conociéndola, hablándole con cariño y tratándola bien. Con el paso de los días, conectamos y ella me dejó tocarla. Un día, cuando me puse a ordeñarla, llegó una familia con niños, llenos de felicidad. Yo también me puse muy contento. Mientras sucedía todo esto, llegó también Alberto, irradiando alegría. Tengo esos momentos grabados en mi corazón: Radharani, Alberto, la familia y yo, todos compartiendo una felicidad trascendental». — Ratnanga

«Prema Murti y Alberto la disciplinaron bien, así que siempre se coloca en su sitio por sí sola cuando la ordeñamos. Al principio, Radharani solo daba medio litro de leche al día, debido al pequeño tamaño y la delicadeza de sus ubres. Sin embargo, tras la expansión del rebaño y el descanso dentro de la goshala, su producción aumentó a tres litros diarios. Radharani ha ganado varios patrocinadores que ayudan a su mantenimiento. Uno de ellos es el brahmacari Rasananda Sankirtana, quien estuvo mucho tiempo con nosotros cuidando de las vacas. Con gran entusiasmo limpiaba los establos y tenía un afecto muy especial por Radharani, a quien siempre llamaba “Radha” con mucho cariño y ordeñaba cada día. Ahora, incluso con su asrama de brahmacari, sigue enviando ayuda mensual para ella. Otro devoto y gran amigo nuestro, Sahadeva, visitó a las vacas a diario durante su larga estancia en Nueva Vrajamandala y se convirtió en gran admirador de Radharani, por lo que también contribuye. Radharani, además, inspiró a Ana y a su madre, devotas que viven en Lisboa. Ellas se han encariñado mucho con ella y fielmente, cada mes, ayudan a cubrir los gastos de su cuidado. Siempre preguntan por su bienestar. Cuando vienen de visita, Ana va al pueblo a comprar zanahorias especialmente para ella y para toda la manada. Con gran devoción, también presta servicio directo a todas las vacas». — Damodara Priya

Un acontecimiento que ayudó a Radharani a recuperarse fue el nacimiento de Yamuna-mayi en el verano del 2025. Yamuna, hija de Parvati, es una ternera muy dulce que tiene la peculiaridad de no solo mamar de su propia madre sino también de otras vacas, entre ellas Radharani. De esta manera, Radharani, que no ha tenido la experiencia de ser madre, pudo finalmente ver su deseo cumplido. Cuando Yamuna-mayi mama de ella, Radharani siente tanta satisfacción que cierra los ojos y se la puede ver muy contenta.

«Hoy en día, Radharani es mucho más cariñosa y ha superado su trauma. Algunas vacas tardan mucho en curarse, incluso con buen trato y amor por parte de sus cuidadores. Ahora nos permite acariciarla y muestra su agradecimiento por la atención que recibe, estando mucho más integrada en su manada. El día en que decidimos ponerle un collar en el cuello, sus ojos brillaron y su comportamiento cambió. Era como si se sintiera especial…». —Damodara Priya

La historia de Radharani nos invita a reflexionar sobre la sensibilidad de las vacas y la importancia de aprender con humildad de quienes tienen más experiencia y un vínculo ya establecido. Debemos ser Radharani y Yamuna-mayi

plenamente conscientes del trato que les damos, porque ellas nos enseñan a despertar nuestra propia sensibilidad.

Las vacas poseen una bondad innata, una pureza que nosotros a menudo no tenemos. Permanecen siempre en la modalidad de la bondad y no pueden salir de ella. En cambio, los seres humanos fluctuamos entre la bondad, la pasión y la ignorancia. A veces, desde nuestra impaciencia o frustración, esperamos que las vacas se adapten a nuestro estado emocional, pero eso nunca sucederá. Podemos apurarlas, gritarles o incluso maltratarlas, pero eso no beneficia a nadie.

La verdadera tarea es transformarnos a nosotros mismos: elevarnos hacia la bondad para poder relacionarnos con ellas desde el respeto y el amor. Las vacas no responden al miedo ni a la violencia; se entregan únicamente a través del cariño. Con tan solo nuestra voz podemos transmitirles autoridad, gratitud o ternura. Ellas comprenden estos matices y, en respuesta, nos ofrecen su protección y entrega incondicional.

Radharani es la querida vaca negra de Radha-Govindachandra. Les sirve amorosamente con su leche todos los días, aunque no pudo criar a su ternero. Hoy en día tiene 17 años, de los cuales 13 los ha dedicado a ofrecer su leche a Sus Señorías.

Parvati — la relajada

Parvati vino desde Málaga en 2023, cuando apenas tenía dos años. Los devotos la rescataron porque su dueño quería llevarla al matadero, debido a que pertenecía a una raza propensa a muchas enfermedades. Milagrosamente, o más bien por la misericordia de Krishna, desde que llegó a Rupa Goshala siempre se la ha visto sana. Parvati ya estaba preñada aunque aún era muy joven. Generalmente se espera más tiempo antes de que una vaca dé su primera cría, así que Parvati tuvo a su hijo Ganesh siendo todavía una novilla.

El parto ocurrió durante la noche, en su cuadra, mientras todos dormían. Parvati, recostada con la cola apoyada en la puerta, comenzó a hacer fuerza y Ganesh empezó a salir sin complicaciones. Como la cola seguía sobre la puerta, el ternero cayó al pasillo.

Cuando Damodara Priya y Dina Sharana revisaron por la mañana las cámaras para comprobar que todo estaba bien en la vaquería, vieron cómo un pequeño ternero negro caminaba por el pasillo, visitando a las demás vacas una por una.

Los vaqueros acudieron rápidamente para meter al recién nacido de nuevo en la cuadra con su madre. Al poco tiempo, Ganesh ya había comenzado a mamar, pero no bebía lo suficiente para disminuir la cantidad de leche acumulada en las ubres de Parvati, que se inflamaron. Tuvieron que llamar al veterinario.

Debido a que Ganesh seguía bebiendo demasiado poco, el veterinario indicó que era necesario ordeñar a Parvati para aliviarla. Dina Sharana y Damodara Priya con el recien nacido Ganesh

Las vacas de Rupa Goshala – Parvati y Ganesh

Parvati estaba furiosa. Aunque la sujetaban por los cuernos entre cuatro personas, no se dejaba tocar: senơa mucho dolor. Finalmente, tras un buen rato de esfuerzo, lograron ordeñarla.

Con el tiempo, Parvati se volvió una vaca tranquila, y hoy se deja ordeñar con mucha mansedumbre. Ahora tiene ya el cuerpo de una vaca adulta: su rostro y su carácter han cambiado. Es de raza Azul Belga, lo que sorprendió al veterinario de la goshala al verla producir leche de forma regular.

Ganesh — el bravo

Ganesh es intrépido, tierno y juguetón. Siempre busca compañía para jugar, y a menudo no es consciente de la fuerza que tiene. Cuando alguien sale al campo con la carretilla, él comienza a correr con entusiasmo. Su debilidad es cornearla con ímpetu. Parvati con su hija Ganesh con su madre

Ganesh de adolescente

Las vacas de Rupa Goshala – Parvati y Yamuna-mayi

Yamuna-mayi — la dulce

La noche del 27 de junio de 2025, Parvati dio a luz a una hermosa ternerita, Yamuna-mayi. Ella es muy dulce, suave y tranquila, así que su encanto atrae la atención de todos. Ella es una bendición más para Nueva Vrajamandala, un signo auspicioso de la misericordia de Krishna.

Yamuna-mayi es cuidadosa y se hizo querer enseguida por todos los miembros de la manada. Aun así, es muy independiente y acepta otras vacas como madres. A Kunti le encanta cuidar de Yamuna-mayi, y Yamuna-mayi disfruta beber su leche. También Yamuna le da placer a Radharani, porque Radharani perdió su único ternero, así que es la primera vez que puede amamantar a una cria. Yamuna-mayi con Parvati, Dina Sharana y Madhavi

Rukmini — la reservada

La historia de Rukmini comienza también en la vaquería de Anadi. Él fue quien la vio llegar a este mundo.

«Rukmini nació en septiembre de 2009, hija de Dharma y Kartika. Era muy amiga de Sundari y se quedó muy frustrada cuando la regalé al templo, y mucho más cuando se llevaron a su madre Kartika y a su otra amiga, Bhumi, al matadero porque habían contraído tuberculosis, lo cual después fue desmentido por la autopsia. Pero el daño ya estaba hecho. Rukmini siempre tuvo un carácter rebelde y poco amigable, como su madre Kartika, pero se agravó con todas esas circunstancias. En octubre de 2019 vine a la India para pasar seis meses y solo me quedaban Dharma, el toro, y Rukmini, que se quedaron bajo el cuidado de Devarsi Prabhu y Sriji Didi. Cuando llegó el Covid en marzo de 2020 quedé atrapado en la India más de dos años. Devarsi y Sriji se hicieron cargo de mi vaquería, en la que solo quedaban Dharma y Rukmini. Pero en 2023 Devarsi empezó a trabajar fuera, por lo que regalaron los dos a la vaquería de Nueva Vrajamandala.” — Anadi

Así fue como Rukmini y Dharma pasaron a formar parte de la manada de Rupa Goshala.

Devarsi y Dina Sharana se organizaron para trasladarlos desde el campo hasta la vaquería: ochocientos metros caminando. Sin embargo, Rukmini, considerada una vaca brava, fuerte y distante, no iba a permitir que las cosas salieran tan fácilmente.

Llevar a Dharma no fue un problema, porque, al ser un toro muy noble, lo ataron y caminó dócilmente con ellos. En cambio, Rukmini comenzó a correr por todo el campo, con todos detrás de ella, corriendo entre los árboles y tratando de acorralarla. Cuando finalmente lo lograron, la ataron, pero aun así no quería irse de su lugar. No le agradaba salir a un sitio desconocido sin saber qué harían con ella. Sin embargo, obligada por las circunstancias, comenzó a caminar. Al poco tiempo, tras recorrer unos doscientos metros, se

Las vacas de Rupa Goshala – Rukmini

detuvo y se tumbó en mitad de la carretera. Se negaba a levantarse, a avanzar o retroceder. Viendo esta situación, Dina Sharana soltó a Rukmini y le dijo: «Está bien, vete a donde quieras», y solo se llevaron a Dharma. Rukmini quedó sola en la carretera, en un lugar desconocido para ella. En ese momento se rindió, dejó de resistirse y, por sí sola, comenzó a seguir a su padre Dharma. Así, pronto llegaron juntos a la vaquería. Cuando llegaron, los vaqueros habían preparado un sitio especial para ambos, ya que siempre estaban juntos. Padre e hija tenían una conexión y un apego tan profundo que dependían el uno del otro.

Un día, Dina Sharana observó que las ubres de Rukmini estaban muy grandes, bien hinchadas de leche. Rukmini, hasta el día de hoy, jamás ha estado preñada; sin embargo, ahí estaba, en condiciones de ser ordeñada. Pero Rukmini no permite que nadie se le acerque: no le Rukmini Dharma gusta que la toquen. De todos modos, había que ordeñarla. Esa aventura la cuenta Dina Sharana:

«Las ubres estaban demasiado llenas, pero pensaba: ¿cómo la voy a ordeñar si no deja que me acerque? Así que lo intenté, esquivando y recibiendo corneadas, patadas y empujones. En ese momento, ella tenía catorce años y jamás había sido ordeñada. No sabía lo que era: nunca un parto, nunca un hijo. Así que solo por tocarle las ubres — que, claro, es una parte muy íntima de las vacas— se asustaba mucho. A pesar de que la ataba por los cuernos, con las patas traseras empezaba a saltar, a moverse de un lado a otro, a dar patadas como de karate… hacía todo lo que podía. Solo ordeñarla me llevaba cuarenta minutos. El primer día fue muy diİcil para los dos. Ella tenía tanta leche que se notaba que llevaba un tiempo así; al principio salía con sangre, y como nunca había sido ordeñada, le dolía cuando yo le apretaba. Así empezó todo y, poco a poco, se fue tranquilizando. Después empezó a dejarse acariciar, no en la cara, pero sí en otras partes del cuerpo. Seguimos ordeñándola; todavía da alguna patada al principio, pero después se deja. Desde el primer día nos dio tres litros de leche, y hasta hoy, tres años después, sigue dando tres litros cada día.»

Rukmini fue criada con ternura, pero solo hasta donde ella lo permitió. Vivió experiencias y traumas que endurecieron su carácter. Siempre marca distancia. Nunca fue dócil ni quiso ser domesticada. Y, sin embargo, ofrece lo que tiene. Nunca parió, nunca tuvo un ternero, pero da leche cada día. Nadie se lo exige. Lo hace porque quiere y porque puede. Porque su cuerpo, su energía, su ser entero se ofrecen a Dios. Eso es su forma de bhakti, servicio devocional: servicio ofrecido sin expectativas, sin necesidad de recompensa y sin que nadie lo vea.

Lo que Rukmini da no es solo leche: es una enseñanza directa de que servir no depende del carácter, ni del pasado, ni de la comodidad. Es la función esencial del alma. Y aunque su cuerpo sea fuerte, Las vacas de Rupa Goshala – Rukmini cerrado y desconfiado, expresa su amor en esa voluntad silenciosa de contribuir con su leche. Así sirven las vacas de Krishna. Al observarlas, nos recuerdan quiénes somos y hacia dónde deberíamos ir. Rukmini

Madhurya y Rasa — dos mamás excepcionales

Pushpa Gopal y Godruma-pati albergaban desde hacía años el deseo de poder ofrecer más leche a las Deidades. En aquel momento, entre las cuatro vacas que había, apenas se obtenían tres litros diarios. No eran muchas, y Alberto, tras tanto tiempo sirviéndolas casi sin ayuda, no estaba dispuesto a asumir el compromiso de incorporar más animales. Pero cuando llegaron Dina Sharana y Damodara Priya, junto con Alberto evaluaron la situación y, con la ayuda y la voluntad de Pushpa y Godruma-pati, decidieron comprar dos vacas para Rupa Goshala. Una la donarían Pushpa Gopal y Godruma-pati, y la otra pagaría un gran amigo de las vacas, Oleg Ulyanov. Alberto sabía dónde comprarlas, en una vaquería cerca de Madrid, porque ya tenía experiencia previa, y se ocupó personalmente de hablar con el dueño. Preguntó si había vacas preñadas y le respondieron que sí. Entonces comentó a los demás: «Mejor comprar vacas preñadas; así, más adelante, tendremos cuatro en lugar de dos». Pero Damodara Priya se quedó preocupada. Estaba a favor de agrandar la manada, pero senơa que su experiencia como vaquera no era suficiente como para pasar tan pronto de cuatro a ocho vacas. Entonces Yadunandana Swami le dijo: «No te preocupes por eso, Krishna siempre ayuda».

Así fue como Damodara Priya se entregó a la voluntad de Krishna y de los devotos, confiando en que podría hacerlo. Esa entrega con fe fue un paso muy importante, ya que luego, entre los dos, ella y su esposo Dina Sharana, llegarían a cuidar de una manada de 17 animales, contando vacas, bueyes, un toro, terneros, un burro llamado Ramanya y unas ovejas.

Era invierno, y cuando los devotos se organizaron para ir a Madrid, hacía frío, llovía y en algunos tramos había nieve. Aun así, fueron, y allí encontraron al vaquero, un hombre que cuidaba a sus vacas como si fueran parte de su familia. Se notaba que les tenía cariño: las llevaba a pastar todos los días; estaban bien cuidadas y lucían sanas y hermosas. Sin embargo, el hombre no podía mantenerlas a todas, y se veía obligado a deshacerse de algunas de ellas. Era muy triste.

Los devotos debían elegir solo dos entre las veinticinco vacas que había. Fue muy diİcil, porque todas eran preciosas. Pushpa Gopal recuerda:

«Pensé: Voy a llevar prasadam. Si les ofrezco prasadam, ellas vendrán a comer, y así sabremos... a la que le guste, tiene que ser una devota. Pero había una en particular a la que le encantaban. Los buscaba con insistencia, siempre quería más. Se ponía un poco agitada por la ansiedad. Esa vaca se llamaba Margarita. La escogimos, pero el dueño no quería venderla porque estaba embarazada y la fecha del parto era próxima».

Dina Sharana estaba convencido de que esa debía ser la vaca, porque había aceptado el prasadam con tanto entusiasmo. Era una señal excelente. Determinado, fue a hablar con el dueño y después de un rato logró convencerlo. Así fue como Margarita llegó a nuestra vaquería.

Le dimos el nombre Madhurya («la Dulce»), porque lo que más la distingue es su espléndido carácter, es decir, su dulzura, su amor y su mansedumbre. No hay otra vaca en Rupa Goshala con esas características. Además, hasta ahora su vida ha sido muy tranquila; no ha tenido ningún tipo de problema ni trauma.

Pero aparte de Madhurya, había otra vaca que también destacaba por su apetito: Rasa. Comía y comía… ¡no paraba nunca! Así que, al final, se llevaron a las dos vacas que más se entusiasmaron con las empanadas.

Madhurya digiriendo prasadam Rasa esperando prasadam

Madhurya con Dina Sharana Rasa recibe prasadam de Godruma-pati

Francamente, podrían haberse llevado a todas, porque todas eran preciosas. Pero ellas dos, además de su gusto por el prasadam, mostraban una buena conformación desde el punto de vista İsico y anatómico. Godruma-pati recuerda:

«Entre todas las vacas que había, Rasa llamó mi atención, porque desde el principio se dejaba acariciar y le gustaba ese contacto y amor de los devotos. Era como si estuviera expresando con la mirada tan tierna y amorosa "elígeme, llévame contigo". Al final elegimos a esta vaca también, y decidimos ponerle el nombre de "Rasa" por ese carácter tan dulce y amoroso que siempre muestra a todos».

Ambas vacas estaban preñadas, y al poco tiempo parieron sin dificultades. Madhurya dio a luz a Baladeva y, veinte días después, Rasa tuvo a Subhadra.

Baladeva — el intrépido santo

Baladeva nació el 24 de junio de 2018. El parto tuvo algunas complicaciones, porque parecía que no quería salir todavía del vientre de su madre, Madhurya. Como ya había llegado el momento, los vaqueros tuvieron que ayudarlo a nacer tirando de sus patas. Madhurya es una madre muy tradicional, como las mamás de antes, así que mantiene a su ternero bien controlado. Incluso cuando su hijo Baladeva ya había crecido y se había convertido en un buey muy grande, sigue cuidándolo y siempre se mantiene cerca de él.

Desde el inicio de su vida, Baladeva estuvo siempre en compañía de sus vaqueros. Recibió muchos mimos y cariño, principalmente de Damodara Priya y Dina Sharana. Creció feliz y siempre fue muy confiado con todas las personas. Nunca sufrió maltrato alguno, por eso hasta el día de hoy se deja acariciar por todos, le encanta que lo cepillen y que le den cariño.

Baladeva es muy aventurero. A veces cruza el río y se va a comer hierba a una pequeña isla. Y aunque es tranquilo y bueno, le gustan

los juegos rudos, sobre todo con su amigo, el buey Hanuman y, últimamente, también con el no tan pequeño Arjuna. Una vez, cuando Baladeva tenía seis meses, estaba pastando cerca de la punta del canal. No se dio cuenta de que Hanuman se acercaba, y este lo empujó. Entonces Baladeva cayó al agua.

«Era diciembre, el agua estaba helada. Cuando Damodara Priya vio a Baladeva en el canal, soltó un fuerte grito y todas las vacas, su madre por delante, vinieron corriendo. También Subhadra llegó rápido, porque Subhadra es como una hermana para Baladeva. Siempre se preocupa mucho por él. Su madre vino a protegerlo y a ver qué pasaba. Entonces tuve que meterme en el canal para intentar sacarlo. Como el canal es muy estrecho y profundo, él no podía salir solo. Cuando lograba apoyar las patas delanteras en la orilla, no conseguía levantar las traseras, así que yo tenía que ayudarlo. Tuve que sumergirme y empujarlo desde abajo, levantándolo por detrás, pero aun así no podía… ya estaba muy pesado. Dina Sharana llevando a Baladeva

Lo llevé por el agua hasta un sitio menos hondo, pero tampoco conseguimos que saliera. Así que pedimos ayuda; alguien más vino, le atamos una cuerda a los cuernecitos que tenía, y mientras uno tiraba de la cuerda para que avanzara sin volver a caer hacia atrás, el otro empujaba desde atrás hacia arriba, para sacarlo del canal. Finalmente lo logramos. La aventura duró casi una hora, y los dos estábamos allí congelados, temblando de frío». —Dina Sharana

«Tengo una experiencia con Baladeva y todas las vacas que me llenó el corazón. Una vez yo estaba pastando con ellos, y Baladeva, que por entonces aún no era tan grande —creo que era la mitad de lo que es ahora—, pisó mi pie. Lo hizo de tal manera que, además de pisarme, resbaló hacia un costado. Y claro… yo grité. Fue un grito tan fuerte que resonó por todo el valle. Entonces, como grité tan fuerte, todas las vacas vinieron corriendo muy rápido hacia mí. ¡Imagínate! Radharani, incluso Radharani, vino. Baladeva con su madre Madhurya

Todas estaban tumbadas, algunas en un campo, otras en otro… y todas vinieron. Todavía recuerdo la cara de Rasa, exaltada, como preguntando: “¿Qué pasó?”. Aún tengo esa imagen muy presente. Cuando me di cuenta, estaban todas ahí, preocupadas. Fue un momento que me llenó de amor… Me senơ tan bien al verlas ahí conmigo. Me di cuenta de que nosotros cuidamos de ellas, pero ellas también cuidan de nosotros». —Damodara Priya

«Baladeva es el más bondadoso, el más tranquilo y accesible, el más dulce, el más amoroso y santo. Es confiado, le gustan las personas, las caricias, los cepillados. Hasta tal punto que, si lo cepillas en el campo, te perseguirá para que no dejes de hacerlo y no te dejará cepillar a ninguna otra vaca. Baladeva es tan tolerante que le puedes hacer lo que quieras, y él se quedará ahí sin perturbarse». —Parama Karuna A Baladeva le gusta retar a Arjuna a ver quién es más fuerte. Chocan sus cabezas y comienzan a empujar. Baladeva es muy grande, uno de los bueyes más imponentes que hayas visto. Arjuna es todavía un Baladeva de jovencito buey pequeño, joven y en crecimiento. Podría parecer que Baladeva se aprovecha al medirse con un buey tan joven. Pero Arjuna, aunque más pequeño, es puro músculo, pura fibra.

Por otro lado, Madhurya tiene también su carácter: es bastante firme en sus hábitos, es decir, hace siempre lo mismo y se mantiene en eso. Siempre la veo igual, con el mismo humor.

La única vez que la vi diferente fue cuando entró en celo. En esos días ella no quería entrar a la vaquería y prefería estar en el campo. Mostraba un intenso deseo de ser madre, así que me quedé muy contenta cuando me enteré de que estaba preñada. Parece que su mayor felicidad es la de ser madre.

Krishnachandra — el manso

Cuando Madhurya tuvo a Krishnachandra, la atmósfera de la vaquería cambió de un momento a otro debido a la eufórica energía de amor que emanaba de ella. Era una experiencia increíble: nada más cruzar la puerta, un aire de felicidad recorría a todos los presentes.

Pero el parto fue todo un drama de suspense. Krishnachandra nació el 14 de agosto de 2025, dos días antes del evento más auspicioso en el calendario vaishnava: Janmastami, el día del nacimiento de Krishna. Es negro y de cabello enrulado; indudablemente ha heredado la fisonomía de su padre, Ganesh.

Las vacas de Rupa Goshala – Madhurya y Krishnachandra

El parto fue complicado, porque el ternero venía de nalgas, con las patas traseras primero. Lo normal es que los terneros salgan con las patas delanteras y la cabeza. Los vaqueros tuvieron que intervenir.

A las dos de la tarde, Madhurya comenzó a expulsar el líquido de la bolsa amniótica. Dina Sharana y Paul permanecieron en alerta, esperando que el parto avanzara. Pasaron tres horas sin progreso. Llamaron a varios veterinarios, pero ninguno pudo acudir. La situación era urgente, así que decidieron actuar ellos mismos.

Dina Sharana introdujo las manos en el canal de parto y rápidamente encontró las patas del ternero. Las ataron con una tela suave y comenzaron a tirar con cuidado. Mientras Paul halaba, Dina Sharana abría el canal y acomodaba el cuerpo. Entonces se dieron cuenta de que el ternero venía invertido. Entre ambos fueron recolocándolo y sacándolo lentamente. Madhurya, a sus catorce años, apenas tenía fuerzas. Permanecía de pie, confiada, entregada a sus cuidadores, de quienes dependía tanto Paul y Dina Sharana sostienen al recien nacido Krishnachandra mientras Hanuman observa con atención su vida como la de su hijo. Poco a poco, con esfuerzo y coordinación, Paul tiraba mientras Dina Sharana abría. Mientras tanto, Madhurya, al percibir el olor de su hijo, lo buscaba desesperadamente, sin saber que aún estaba dentro de su vientre.

Finalmente, en un último esfuerzo, el ternerito cayó en los brazos de Dina Sharana. Al verlo inmóvil, Dina se asustó y le dio unos suaves golpes en la cara. Entonces, Krishnachandra respiró. Yadunandana Swami dando la bienvenida al nuevo miembro de la comunidad

Las vacas de Rupa Goshala – Madhurya y Krishnachandra

Los vaqueros se apartaron y rompieron a llorar de felicidad. Dina Sharana recuerda la vivencia:

«No hay, ni habrá otra vaca como Madhurya. Cuando todo terminó, estábamos cubiertos de su baba y de su sangre. Ella nos miró y comenzó a lamernos, limpiándonos por completo, igual que hizo con su ternero recién nacido».

El parto había durado casi tres horas. Mientras los vaqueros hacían todo lo posible por sacar al ternero, los devotos se habían reunido y Madhavi acariciando a Krishnachandra entonaban los santos nombres del Señor. Un grupo fue a orar ante una imagen de Nrisimhadeva que hay en la vaquería, mientras otro grupo cantaba Hare Krsna alrededor de la cuadra donde sucedía el parto. Yadunandana Maharaja también se hizo presente para dar bendiciones y sugerir el nombre del ternero negro —Krishnachandra. Al finalizar el parto, viendo que finalmente todo había salido bien, se anunció su nacimiento haciendo sonar la caracola, y el canto se volvió más alegre y feliz. La presencia de Krishna en el canto mostró, una vez más, cómo el Señor Supremo cuida directamente de Sus vacas.

Hoy en día, Ganesh, el padre del joven Krishnachandra, es el más bravo y rebelde de la vaquería. Madhurya, en cambio, es la más dulce y amorosa. Sus caracteres son opuestos, y todos esperamos saber pronto qué temperamento tendrá Krishnachandra. En estos primeros días ya muestra rapidez para aprender: juega con Yamuna-mayi y anhela los cariños de su madre, que no se cansa de darle amor.

Dos semanas después ya se podía apreciar algo del carácter del pequeño Krishnachandra. Es manso y bueno como su madre y su hermano Baladeva. Es muy confiado, y le gustan las personas. Le encanta cuando lo tocamos y le damos cariño.

Krishnachandra tiene una teta preferida y siempre intenta mamar de la misma. A veces Damodara Priya lo acompaña y esconde esa teta para que mame también de las otras, pero su madre Madhurya se da cuenta y se queja a modo de protesta.

Aunque Krishnachandra es todavía muy pequeño, está creciendo rápido y saludable. Promete ser de gran valor para Rupa Goshala. *** Continuamos con la historia de la otra madre excepcional: Rasa. Apenas nació su hija Subhadra, Rasa comenzó a dar muchísima leche. Era tanta que no solo bastaba para su ternera, sino que también podía llevarse a la cocina y repartirse entre las familias de la comunidad.

Rasa es la vaca más inteligente de la vaquería. Es atenta, perceptiva y muy sensible. Responde bien a las órdenes y comprende todo lo que ocurre a su alrededor.

«Cuando Madhurya y Rasa estaban embarazadas yo también lo estaba —de Jay Gopal. Cuando nacieron Baladeva y Subhadra, los vaqueros me compartieron su calostro, esta leche inicial muy nutritiva, con lo cual Jay Gopal tuvo un chute de superalimento cuando estaba en el vientre». —Gauranga-lila

«Me gusta mucho la leche de las vacas porque es muy sabrosa, muy dulce. Cuando se calienta, sale una nata muy rica». —Jay Gopal

«Un día, Rasa estaba buscando a su hija Subhadra. No la veía, y entonces la llamaba, la buscaba por todas partes. Finalmente vino hacia mí y me miró. Le dije: “Rasa, Subhadra está allá, con Damodara Priya, caminando por el campo”. Me miró como diciendo: “Ah, vale”, y se fue para allá. Ese día comprendí cuán inteligentes son estos animales, cómo nos buscan, cómo esperan respuestas. Cuidarlas no es algo mecánico. La relación con ellas es muy personal. Están pendientes de lo que hacemos y quieren ver que hacemos las cosas bien». —Pushpa Gopal *** Subhadra tenía apenas unas semanas cuando llegó el veterinario del gobierno provincial a realizar una inspección de tuberculosis. Después de revisar a todas las vacas, dijo: «Rasa está dudosa».

La prueba no dio negativo y, por una marca que tenía en el cuello, sospecharon que podía estar enferma. Los devotos explicaron el origen de esa marca y pidieron una segunda prueba. El veterinario no quedó convencido y dijo que volvería en unas semanas. Si en la próxima prueba el resultado seguía siendo «dudoso» o daba positivo, se la llevaría para sacrificarla. Aquellas palabras causaron un gran temor. Solo pensar que podían llevarse a Rasa provocó más de un llanto entre los vaqueros. Se actuó rápidamente: Pushpa Gopal y Godrumapati patrocinaron verduras frescas —remolachas, zanahorias—, se le dio caranamrita, el agua que había lavado los pies de loto de Krishna, y se hizo todo lo posible para fortalecer su sistema inmunológico. También adquirieron un ozonizador para purificar el agua y oxigenar su organismo. Todos los devotos de la comunidad colaboraron a su manera, incluso algunos que estaban lejos de Nueva Vrajamandala.

«Muchos devotos se involucraron, cada uno a su forma. Algunos buscaban información, Pushpa mandaba mucha comida, cada cual ayudaba como podía, todos iban a verla…». —Damodara Priya

«Yo estaba en Mayapur, y la idea de que se llevaran a Rasa me hacía temblar. Fui al altar del Señor Narasimhadeva, junté las manos y dije: “Por favor, oh Señor, protege a Rasa de estas personas, porque no saben lo que hacen. Ayúdanos, esta situación no es justa. El gobierno ha enviado un veterinario y se están llevando a las vacas. Muchas veces estas pruebas no son fiables”». —Pushpa Gopal

Rasa no era la única en peligro. Muchos ganaderos de la zona denunciaban que se enviaban vacas al matadero sin justificación. Algunos veterinarios alegaban tuberculosis cuando no era cierto. Las pruebas médicas utilizadas apenas alcanzaban un 40 % de fiabilidad. Por eso, muchas veces no arrojaban resultados fiables y, basándose en ellos, vacas sanas eran arrebatadas a sus dueños y sacrificadas. Estos casos quedaron confirmados cuando se realizaron autopsias y se verificó que no exisơa tuberculosis alguna.

Cuando Rasa fue etiquetada como «dudosa», el veterinario ordenó que fuera separada de la manada. Fue un golpe devastador. Se la apartó de su hija, y Subhadra tampoco podía beber su leche. Estaban separadas por un vallado. Rasa, angustiada y muy afectada, dejó de comer. Se movía inquieta, desesperada por no poder estar con su ternera. Subhadra, al otro lado del campo, la buscaba, la llamaba y esperaba mamar, como siempre.

Hasta que Rasa no pudo más.

«El vallado que separaba los campos tenía metro y medio de altura, pero Rasa lo saltó para llegar hasta su hija. Yo vi cómo levantó sus patas para pasar al otro lado, primero las delanteras y luego las traseras. Al verlo, le dije a Damodara Priya: “Esto es una tortura para Rasa, déjalas estar juntas”». —Pushpa Gopal

Fueron seis semanas de ansiedad y gran preocupación.

«Por un lado pensábamos en cómo hacer para ayudar a Rasa y evitar que se la llevaran, pero también surgía la duda: “¿Y si realmente tenía tuberculosis?” En ese caso, lo más prudente sería mantenerla aislada y separada de las demás. Yo estaba muy preocupada, pues le estaba dando leche a Subhadra. ¿Y si ella también se contagiaba? Era una responsabilidad enorme. Pero después de tantas averiguaciones, descubrimos que estas pruebas son sensibles a otras sustancias. Además, el veterinario había hecho la prueba en el cuello de Rasa, justo donde tenía una dermatitis. Por eso también pensamos que esa podía haber sido la causa del resultado inicial positivo». —Damodara Priya

Cuando finalmente venció el plazo, el veterinario volvió para hacerle una nueva prueba. Todos los devotos se enteraron y bajaron a la goshala. La comunidad estuvo presente, expectante, implicada en el asunto. Esta vez eran los devotos quienes observaban y evaluaban al veterinario, mientras él examinaba a Rasa.

Minutos antes de que llegara, los vaqueros frotaron la zona del cuello de Rasa con polvo de clavo. Sabían que ese remedio natural podía interferir en el resultado de la prueba, asegurando que el resultado fuera negativo. Un truco sencillo, pero también una forma de evidenciar lo poco fiables que eran las pruebas utilizadas.

El diagnóstico de tuberculosis en bovinos puede hacerse mediante cuatro métodos, con distintos niveles de complejidad, precisión y coste. Por supuesto, cuanto mayor es la eficacia, mayor es también el gasto. Por eso los veterinarios preferían el método más barato y rápido, aunque fuese a costa de la vida de un animal.

Después de masajear a Rasa, ya estaba todo listo para que el veterinario repitiera la prueba. El resultado salió negativo —no había tuberculosis. El alivio y la felicidad fueron inmensos. Se disipó la amenaza, junto con el temor, la tensión y la impotencia. La atmósfera se llenó de alegría y celebración.

Este episodio recuerda siempre que la unión de los devotos es fundamental, especialmente cuando se enfrentan a sistemas duros, impersonales e injustos. El veterinario no dudó en amenazar con enviar al matadero a una vaca sana sin certeza médica real. Pero gracias a la fe, la determinación colectiva, la oración, la inteligencia y, en última instancia, la ayuda de Krishna, Rasa se salvó. Porque es Krishna quien verdaderamente protege a las vacas.

*** Las vacas son madres excepcionales. Cuidan de sus propias crías y también de las de otras si es necesario. El amor de Rasa por Subhadra es único y especial, y se ha manifestado en muchas ocasiones.

Una vez, el veterinario de la goshala debía revisar a Subhadra, que

entonces ya tenía cinco años. Decidieron dejarla dentro mientras las demás vacas salían al campo. Pero Rasa, que había quedado fuera, comenzó a mugir con fuerza, caminaba de un lado a otro mirando por las ventanas, reclamando a su hija hasta que finalmente Subhadra salió. Desde entonces, si el veterinario visita a Subhadra, Rasa también se queda dentro, para que ella esté tranquila y pueda ver lo que le hacen.

Así es Rasa: siempre consigue lo que quiere. Subhadra Rasa

Subhadra — la bella valiente

Subhadra nació el 4 de julio de 2018, un día caluroso. Rasa ya estaba preparada para el parto. Durante el día se escondió entre los árboles para que las demás vacas no la molestaran y, muy tranquila, entre las sombras y un aire más fresco, dio a luz a la bella Subhadra.

«En aquel entonces, a las dos de la tarde llamábamos a todos para hacer la siesta dentro de la goshala. Así que todas vinieron, menos Rasa. Nos preguntábamos: ¿por qué Rasa no viene? Entonces fuimos a mirar al campo, pero no la encontramos. Dina Sharana fue a ver qué pasaba. Antes, el campo no estaba bien vallado y a veces las vacas se escapaban. ¿Será que Rasa se escapó? Finalmente, la encontró cerca del canal, muy escondida. Creo que llevaba un buen rato allí, para que las demás vacas no la molestaran. Cuando Dina Sharana la descubrió, desde lejos me gritó: “¡Ya ha nacido!”, y cuando me acerqué, Subhadra ya estaba mamando». — Damodara Priya

Subhadra jugando con Baladeva

«Yo estaba caminando cerca del canal, donde había muchas moras y arbustos, y de repente vi que de allí salió un ternero y comenzó a correr. Al principio pensé que era un torito, pero no —¡era una vaquita! Desde que nació ya tenía fuerza para correr, y creció siendo una vaquita sin miedo». —Dina Sharana

Rasa y Subhadra permanecieron escondidas entre los árboles hasta que Damodara Priya y Dina Sharana las invitaron a entrar a la vaquería. Pero Rasa no quería salir de allí, no quería dejar ese lugar. Así que los vaqueros fueron a buscar una manta grande. Recostaron a la recién nacida Subhadra y la llevaron como en un palanquín: uno por un lado y otro por el otro. Por detrás de ellos venía Rasa, expectante y un poco asustada, como diciendo: «¿Por qué están haciendo eso con mi hija?»

Así llegaron los cuatro a la vaquería. Dejaron a Rasa y a su hija en su cuadra y, apenas llegaron, Subhadra comenzó a mamar de nuevo.

Subhadra tuvo una infancia muy feliz junto a Baladeva, el pequeño ternero que había nacido apenas veinte días antes, del vientre de Madhurya. Pensamos que eran hermanastros porque Madhurya y Rasa vinieron de la misma vaquería, ambas preñadas, probablemente por el mismo toro, lo cual explicaría por qué a Subhadra le encantaba tanto la compañía de Baladeva. Siempre iba detrás de él. Cuando todos salían a pastar al campo, ella siempre esperaba a Baladeva para salir juntos a jugar. A veces Baladeva no le hacía caso, pero ella igualmente lo seguía.

«Una de sus primeras aventuras fue cuando pusimos un pastor eléctrico en el campo. La idea era que los terneros pudieran pastar en un lado y las vacas en el otro. Baladeva se acercó al pastor eléctrico y recibió una descarga. Cuando Subhadra hizo lo mismo y recibió un choque, se enfadó mucho y rompió por completo el pastor eléctrico. A partir de ahí, mostró ser una vaca que no teme a nada. No puedes gritarle ni decirle nada: ella no tiene miedo. Pero al mismo tiempo es una vaca muy especial». —Dina Sharana

Subhadra creció alegre y saludable junto a las demás vacas de la manada, mamando toda la leche que quiso. Ya de joven se notaba su carácter fuerte, era decidida y valiente. Con el paso del tiempo, sus rasgos bellos y delicados se acentuaron cada vez más, volviéndola más y más hermosa. Incluso hoy en día podemos visitarla y ver esos rasgos que la convierten en una auténtica «gorda bella».

Cuando Subhadra cumplió un año de vida, expresó su felicidad y agradecimiento de una forma inesperada.

«Subhadra estaba en el campo y vi que le caía leche de las ubres. En ese momento no pensé que pudiera ser leche. Ella tenía solo un año y todavía mamaba, así que me pregunté si tendría alguna herida o si algo andaba mal. Entonces me acerqué más y vi que efectivamente manaba leche de las ubres. Llamé a Dina Sharana. Él también la vio, así que tomó un cacharro y empezó a ordeñarla. Esa primera vez sacó unos 300 ml. Después empezó a dar 500 ml. Luego un poco más. La cantidad fue aumentando. Estaba dando entre cinco y seis litros, y ahora está dando diez». —Damodara Priya Baladeva y Subhadra mamando mientras Thiago toca con cuidado a Subhadra con una pajita

Subhadra era pequeña, todavía mamaba, pero ya la ordeñaban. Al principio, mientras mamaba de Rasa, Dina Sharana la ordeñaba. Como Subhadra estaba distraída bebiendo su leche, no se resisơa. Era un momento corto pero muy bonito: Dina Sharana la ordeñaba mientras ella mamaba de su madre.

Con el tiempo, Subhadra dejó de mamar y ordeñarla sin Rasa presente fue un poco más diİcil. Pero con Dina Sharana se siente a gusto. Él sujeta las patas traseras con una mano mientras la ordeña con la otra. Pronto también lo intentó Damodara Priya. Le llevó algo de tiempo, pero con amor, paciencia y dedicación también ella pudo ordeñarla. Finalmente, Parama Karuna también quiso probarlo. Él cuenta su experiencia con Subhadra:

«Al principio solo la ordeñaba Dina Sharana, y alguna vez intenté hacerlo, pero solo como una aventura, ya que ella, en cuanto te veía acercarte, se movía y, cuando le tocabas las ubres, tiraba el cuerpo encima y daba alguna patada. Con el tiempo, encontré la manera de hacerlo, poniéndole un poco de comida e ir dándole cucharadas de cebada. Mientras ella se entretenía con eso, y previamente atada a la cadena del cuello, uno se aventuraba al ordeñe. Tenía los pezones muy pequeños y, por el tamaño de mi mano, resultaba bastante complicado ordeñarla. Solo se podía hacer usando dos dedos, lo que hacía que el proceso se alargase bastante, además de que se movía y cada tanto pateaba. Con el tiempo fuimos entablando una relación más personal. Aunque tiene su carácter y no le gusta que la toquen demasiado ni que estén demasiado encima de ella, Subhadra es dulce, y poco a poco me fue permitiendo ordeñarla más fácilmente. Incluso alguna vez, sin darme cuenta, olvidé atarla y ella no se movió ni se molestó; es más, con el paso del tiempo, llegada la hora del ordeñe, se acomodaba y corría su pata trasera para que yo pudiera trabajar más cómodamente». Subhadra sigue dando mucha leche porque se siente bien. No es por casualidad, sino porque se siente feliz.

Sundari — la tierna rebelde

Sundari es la vaca más particular de la vaquería. No es una vaca cualquiera; es única, con una personalidad que la distingue entre las demás. Tiene algo especial, que podría describirse como una combinación de actitud amorosa y carácter fuerte, que le confiere un comportamiento distante y tierno a la vez. Cuando la conocí, quise acercarme a saludarla como a las demás vacas, pero ella marcó distancia desde el principio y me amenazó con sus cuernos para que no lo volviera a intentar. Entendí claramente el mensaje, así que siempre tuvimos una buena relación… a distancia.

Un día, en el campo, les daba a las vacas zanahorias y plátanos. Ellas adelantaban la cabeza, abrían la boca y sacaban la lengua para que yo les diera la comida. Iba de un lado a otro repartiendo, y cuando le tocó a Sundari, desde lejos le lancé la fruta al suelo para no tener que acercarme. Pero ella no fue a por la comida. Me miró fijamente y comenzó a caminar directamente hacia mí.

Yo retrocedía a la misma velocidad con la que ella avanzaba, hasta que la pared me detuvo. Sundari se plantó firme frente a mí. Me miró, seria como siempre, pero esta vez, a través de sus ojos, pude ver mucha ternura. Aun así, yo seguía paralizada por el miedo… hasta que bajó la cabeza y abrió la boca para que le diera directamente. Temblando, pero entendiendo el mensaje, le acerqué una zanahoria. La comió. Y de nuevo me pidió más.

En ese momento senơ que no me iba a pasar nada: el amor de Sundari entró en mí. Ella quería que le diera la comida en la boca como a las demás, y mientras lo hacía, me mostró con sus ojos parte del amor que tenía para dar.

Jagannatha — el imponente

Sundari quedó preñada de Dharma, y cuando nació su ternero, Jagannatha, las cosas no fueron fáciles. Alberto no estaba, porque se había ido a participar en el Ratha-yatra de Barcelona. Como el parto era inminente, había dejado instrucciones claras: debían asegurarse de que el ternerito mamara enseguida. Sin embargo, Sundari — rebelde y desconfiada como siempre— no se dejaba tocar. Daba patadas, y se movía sin cesar. Entonces, el vaquero que reemplazaba a Alberto, sin saber lo importante que era el calostro, esa primera leche de inmenso valor nutricional y protector en las primeras horas, hizo que el ternero mamara de Tilaka, que era muy mansa.

Al día siguiente, cuando Alberto regresó a la finca, lograron que Jagannatha mamara finalmente de su madre.

El vínculo entre Sundari y su hijo fue muy fuerte. Tanto, que durante tres años Jagannatha mamó de ella. Toda la leche fue para él. Aunque en algunas ocasiones se intentó ordeñarla, nunca se obtuvieron resultados buenos ni duraderos.

Un día, Dina Sharana decidió intentarlo de nuevo. La ató con cuidado, comenzó a ordeñarla… y funcionó. Pero solo durante dos días. Al tercero, Sundari no apareció. Ya había compendido lo que iba a pasar y simplemente desapareció. Así es ella.

Jagannatha llevaba una anilla en la nariz que le causaba daño. A menudo le brotaba sangre de la herida al comer. Por lo tanto, comía con sumo cuidado, procurando no mover demasiado la anilla, pues cualquier gesto brusco le causaba dolor. Además, debido a esta circunstancia, su madre Sundari lo dominaba por completo y le quitaba la comida. El pobre no podía evitarlo.

Finalmente, Dina Sharana y Damodara Priya decidieron retirarle la anilla y comenzar a entrenar a los bueyes únicamente con la voz. Llamaron a una persona experimentada, quien ató a Jagannatha y, Sundari y su hijo Jagannatha

con una tijera de metal, le cortó la anilla. La expresión de Jagannatha en ese instante fue de total sorpresa; parecía no poder creer que, al fin, se había liberado de aquella causa de dolor constante.

«Después de esto, durante una semana, o quizá algo más, Jagannatha venía cada día al mismo lugar donde le habíamos quitado la anilla. Se quedaba allí observando, como si tratara de comprender qué había sucedido. Miraba el lugar como preguntándose: «¿Qué ha pasado aquí? ¿Cómo es posible que ya no tenga ese dolor?» Desde entonces, se mostró profundamente agradecido. Incluso cuando más adelante surgieron algunos problemas de salud, venía hacia nosotros. Si tenía molestias en una pata, se acercaba, levantaba la pata con suavidad y nos miraba confiado». —Dina Sharana

Jagannatha es tranquilo; se mueve con lentitud y paciencia. No genera problemas, es muy bueno, aunque algo arisco. Su carácter es fuerte y, aunque jamás ha hecho daño a nadie, sí ha dado buenos sustos, como muestra la anécdota que cuenta Raghuvira:

«Una vez estaba en medio del campo, entre las vacas, con un palo en la mano. Todo estaba muy tranquilo, y de repente Jagannatha se Jagannatha de jovencito enfureció conmigo. Venía directo hacia mí. Yo tenía el palo en la mano y me pregunté: “¿Qué voy a hacer? No soy capaz de defenderme… me va a destrozar”. Instintivamente, solté el palo, y Jagannatha se frenó en seco delante de mí. No me hizo nada. Fue un momento de verdadero miedo. Si me atacaba, ¿qué podía hacer yo? No podía hacer nada. Bastó con que soltara el palo para que él se detuviera. Esa historia se me quedó grabada. A mí siempre me gustó estar entre las vacas; la verdad es que me resultaba muy relajante».

Nuestro amigo vaquero Paul también intentó ordeñarla, pero ella no se dejaba, no estaba dispuesta. Él sabía que era un gran desaİo, porque Sundari siempre estaba atenta a cada uno de sus movimientos. Lo miraba con esos ojos grandes, algo abultados, con una expresión poco amigable que parecía decir: «¿Qué estás haciendo?».

Paul recuerda que lo intentó de muchas maneras: tocándola, cepillándola, dándole de comer, mimándola... Probó de todo, pero nada funcionaba. Ningún método resultó eficaz. No pudo ordeñarla. Hasta que un día se puso a hablar con ella en serio. Le planteó qué estaba hacíendo allí. Paul le dijo algo parecido a esto: «Sundari, mira a las demás vaquitas: todas están dando leche para las Deidades, están sirviendo a Krishna. ¿Y tú? ¿Qué estás haciendo? Nada. Solo comiendo, descansando, mirando y corneando a los demás… ¿No crees que deberías dar algo también?».

Y fue así como logró llegarle, pero no de forma agresiva, en absoluto; le habló como si hablara con una amiga. Le contó cómo estaban las cosas y cómo la veía él. Fue una conversación directa y sincera.

A partir de ese momento, Sundari dejó que Paul la ordeñara, y siguió haciéndolo varios días, quizá unas dos semanas.

Pero él era el único que Sundari dejó ordeñarla, lo que suponía un problema serio. Si Paul no estaba, ¿quién la iba a ordeñar? Esta

situación se convirtió en un dilema, porque si una vaca produce leche y no se la ordeña, puede desarrollar una infección.

«Me senơ confundido. Un día decidí no ordeñarla por ese motivo. Pero luego pensaba: “Ahora que ya he empezado a ordeñarla, debo continuar”. Sin embargo, no me dejó. Al día siguiente volví a intentarlo, pero no… y nunca más me dejó. Yo la había estado ordeñando durante dos semanas seguidas sin ningún problema, todo bien… hasta que llegó el momento en que falté un día. Por ese día que falté me di cuenta de su carácter. Ella comprende, tiene empaơa, pero las fallas no te perdona ninguna. Esa es Sundari». —Paul Hasta hace poco, Sundari era la única vaca de Rupa Goshala que no se ordeñaba. Pero ahora, a sus dieciséis años, permite que la ordeñen cada día. Da dos litros al día y se deja ordeñar con tranquilidad. Incluso la vieron en el campo derramando leche de sus ubres.

La bella Sundari siempre nos ha enseñado lo importante que es el respeto y la sinceridad en los vínculos de amor. Como todas las vacas de Krishna, ella también tiene su historia… y su manera única de mostrar ese amor.

Sundari, más que una vaca brava, es una madre de carácter. Como esas madres que no sonríen fácilmente, pero que si te dan un gesto es porque de verdad lo sienten. Entonces, Sundari no es inalcanzable, sino que exige respeto. No pide caricias ni busca atención; ella simplemente es. Está presente, con toda su fuerza, su belleza y su dulzura escondida.

A Sundari no se la puede engañar.

Una vez, Alberto intentó encerrarla en su cuadra. Con Radharani había sido fácil: un caminito de comida, paso a paso, y al llegar, un fesơn con frutas y verduras. Pero con Sundari, en cambio, llegaba hasta la puerta… olía, miraba, lo pensaba bien y no entraba. Alberto le ponía la mejor fruta, las golosinas que más le gustaban… nada. No se dejaba convencer.

Hasta que el vaquero decidió construir un vallado, poco a poco, estaca a estaca, durante semanas. Todo planeado con precisión, para que en el momento justo pudiera cerrarlo y dejarla dentro. Pero cuando llegó el día, Sundari comía tranquila, confiada. Y justo cuando Alberto cerró la puerta y creyó haberlo conseguido… ¡Pum! Con un pequeño salto, salió como si nada. Serena, imperturbable, como diciendo: «Gracias por el intento, pero no».

Lo hacía desde la inteligencia, desde la conciencia. Ella sabía lo que pasaba: estaba atenta, muy atenta.

Sundari había vivido en otra vaquería antes y, como contamos anteriormente, su traslado a Rupa Goshala no fue fácil. Ese trauma marcó un antes y un después. Desde entonces, desconİa: si algo no le cuadra, se va. Ya no aparece por el lugar, y no hay quien la haga volver.

Sundari no es la más simpática ni la más dócil. Su belleza está en su fuerza. Y su dulzura no es evidente, pero cuando aparece, es sincera. Su bravura, en el fondo, es una forma de protegerse.

Kunti — la auténtica y decidida

Kunti es una vaca negra que no tiene cuernos, lo que la distingue del resto de las vacas, que son claras y con grandes cuernos. Es la única sin cuernos y, aunque muchas veces está en desventaja frente a las demás, nunca los necesita ni parece quererlos. Kunti es una vaca auténtica: no necesita ni quiere ser como las demás.

Ella vino de Cantabria con su ternero recien nacido, y por eso había que ordeñarla porque producía más leche que su hijo pudo beber.

«Cuando llegó a la granja con su ternero, los vaqueros pidieron a los niños del gurukula que le pusieran un nombre. Le pusimos Arjuna. Luego también quisieron que pusiéramos un nombre a la madre, y la llamamos Kunti». —Madhava

Cuando entra en la vaquería lo hace muy rápido, es de las primeras, y parece que desfila por el pasillo. Su entrada es decidida: sabe exactamente dónde está su cuadra y nunca se equivoca. Camina balanceando las caderas de un lado a otro, y el sonido de sus pezuñas negras resuena en el suelo con un firme «clac, clac, clac, clac».

Cuando conocí a Kunti, me pareció una vaca muy simpática. A veces, por las tardes, yo cortaba hierba fresca en el campo, la llevaba en una bolsa y les reparơa un poco a cada una. De todas las vacas, Kunti era la que me esperaba con más entusiasmo. Cuando veía la hierba verde asomando por las cremalleras de la bolsa, empezaba a moverse, sacaba la cabeza de la cuadra y se ponía muy ansiosa. Iba y venía persiguiendo la bolsa con la hierba. Era muy ansiosa con la comida. Siempre estaba atenta al heno, al cereal, a la fruta, a todo lo que se pudiera comer. Comía muy bien y muy rápido. Era intensa y hacía todo con mucha alegría.

«Fue muy diİcil, porque había que ordeñarla y le salía sangre. Del dolor, daba muchas patadas. Kunti no tiene cuernos, porque es de raza Angus, así que, como pudo, me dio un cabezazo en el pecho que me dejó tumbado en el suelo. Esta raza no es apta para ordeñar; normalmente solo produce la leche necesaria para su ternero.

Al principio, Arjuna mamaba todo lo que quería y luego nosotros ordeñábamos el resto. Había que distraerla con alimento; se la podía ordeñar solo por un breve tiempo, mientras durara el pienso. Ella permiơa extraer leche de tres pezones: el cuarto era exclusivamente para su ternero. El ordeño era complicado porque se movía constantemente y daba patadas. Ahora Kunti está mucho más mansa. Comenzamos a cepillarla antes de ordeñarla y empezó a quedarse quieta, aunque ya no comía, porque estaba atenta a todo lo que pasaba. Últimamente, Kunti está más relajada y tranquila; ahora ya mastica un poco de heno mientras la ordeñamos. Es tan bueno ordeñar a Kunti… tan fácil. Ya no da ninguna patada». —Damodara Priya Otra situación diİcil con Kunti ocurrió hace unos años, cuando les dio un buen susto a todos. Damodara Priya recuerda que, durante la Kunti con Yamuna-mayi al fondo instalación del nuevo sistema de riego en el prado, se limpió todo el borde del canal, que durante años había estado cubierto de arbustos. Eso facilitó mucho la colocación de la tubería de riego, pero también dejó el canal totalmente expuesto. Aun así, desde el prado no se apreciaba bien el hueco, lo que suponía un peligro.

«Kunti estaba pastando cerca y, sin darse cuenta, cayó al canal. Dina Sharana estaba justo allí colocando las tuberías y lo vio todo. Por la misericordia de Krishna, Kunti salió sola, sorprendentemente, con una agilidad que nos asombró. Su cuerpo fuerte y flexible la ayudó a impulsarse y escapar del canal sin heridas. Fue una gran bendición, sobre todo porque su ternero Arjuna acababa de nacer y nos preocupaba que algo le pasara a su madre. Después de ese día, decidimos vallar con urgencia todo el canal para proteger a las vacas. Y así, con la ayuda de los devotos y la guía de Krishna, se completaron tanto el sistema de riego como las vallas que tan necesarias eran». —Damodara Priya

Parama Karuna recuerda sus primeros pasos como vaquero y su experiencia con Kunti:

«Al principio yo no ordeñaba a Kunti; iba con Rasa y con Dhira, que eran más dóciles para ordeñar. Pero cuando fui ganando experiencia, fuerza y rapidez, un día me tocó ordeñar a Kunti, bajo las indicaciones de Dina Sharana. Kunti tiene unos pezones muy grandes, anchos y largos, muy cómodos y suaves para las manos. Pero había dos particularidades importantes a la hora de ordeñarla: había que darle suficiente de comer y ser muy rápido. A todas las vacas les dábamos dos cucharadas de cebada molida cada mañana, pero a Kunti le dábamos medio cubo, que calculo serían unos 3 kilos, es decir, cuatro veces más de lo que recibían las demás. La técnica era la siguiente: mientras Kunti se desesperaba por el pienso, se la ataba del collar con una cuerda, y luego yo saltaba rápidamente dentro de la cuadra con el cubo y el agua para lavar la ubre.

Tenía que ordeñar lo más rápido posible, porque el tiempo que ella tardaba en comer era el tiempo que yo tenía para ordeñar. Y Kunti comía muy rápido. Cuando terminaba de comer, comenzaba a patear y a moverse: ese era el momento en que debía terminar el ordeño. Así que necesitaba concentrarme y darlo todo en esos pocos minutos. Kunti tenía mucha leche y, con esos pezones tan grandes, ordeñarla resultaba fácil, pero al mismo tiempo agotador, porque requería mucha fuerza y velocidad en poco tiempo. En esos minutos llegaba a dar unos 8 litros. Otra particularidad era que, de los cuatro pezones, uno no se ordeñaba. El de atrás, del lado izquierdo, era intocable: ese pezón lo reservaba exclusivamente para su hijo Arjuna. Nadie más podía tocarlo. Si por alguna razón se intentaba ordeñarlo, Kunti reaccionaba enseguida: pateaba, se movía y protestaba. Mientras yo sacaba la leche de los otros tres pezones, Arjuna, ya con dos años, comía su cebada. Y apenas terminaba, iba directamente a beber la leche que su madre le había reservado en ese pezón especial».

Arjuna — el hercúleo

Desde pequeño ya se le veía a Arjuna como un torito muy fuerte, pero cuando llegó a Rupa Goshala, el cambio de entorno le asustó, y en más de una ocasión, los vaqueros tenían que buscarlo porque se escondía.

«Arjuna parece un Schwarzenegger en miniatura. Al principio tenía miedo de nosotros y huía, pero luego, poco a poco, con amor y caricias, empezó a dejarse tocar y a acercarse a las personas que venían a visitarlo, a darle comida y cariño. Lo abrazaban, se quedaban con él... Así comenzó a tener confianza». —Dina Sharana

Kunti y Arjuna siguen viviendo juntos, disfrutando del campo, la compañía de la manada y el cariño de quienes los cuidan. Llegaron juntos y permanecen juntos, libres para disfrutar el uno del otro.

Arjuna crece fuerte y saludable, rodeado de toda la manada que siempre lo ha acogido con naturalidad. Ahora está en plena adolescencia: un poco más obediente, pero aún rebosante de energía.

Aprendió de Parvati a subirse a los comederos, así que siempre que escucha algún movimiento en la vaquería, se encarama para ver qué ocurre. Quizá alguien llega, quizá se acerca la comida… o quizá vienen con un cepillo para rascarle sus hermosos rizos dorados. Arjuna es el buey favorito de Madhava y Jay Gopal, los hijos de Gauranga-lila y Chaitanyachandra. Les encanta darle su comida predilecta: manzanas y zanahorias.

«Desde que vivimos en Nueva Vrajamandala, llegamos en septiembre de 2017, Madhava y Jay Gopal toman leche de las vacas prácticamente todos los días para desayunar». —Gauranga-lila

Jay Gopal: «A veces vamos a la vaquería para darles de comer a las vacas. Les encanta cuando llevamos zanahorias, manzanas y plátanos».

Madhava: «Sobre todo Arjuna. Él es un buey muy grande y se pone delante de todos para comerselos todo». Jay Gopal: «Es muy guapo con sus rizitos, y muy fuerte».

Madhava: «Cuando era pequenito, Alberto me puso una vez encima de Arjuna cuando él también era todavía pequeño. Y me enseño a ordeñar. Ordeñé a varias vacas, entre ellas Dhira, Rasa, Kunti y Parvati. La leche solía salir como un chorro fuerte, haciendo ruido Madhava dando manzanas a Arjuna cuando cayó en el cubo. En alguna ocasión me dejaron beber una poco de esta leche que era calentita y riquísima».

Arjuna tiene mucha fuerza. Además, es muy ágil y veloz. Hace poco vio, en lo alto de la montaña de balas de paja, una que sobresalía. Se subió, llegó a la cima y desde allí, con sus cuernos, la empujó hacia abajo. Arjuna es joven, lleno de vitalidad y belleza. Seguirá creciendo y, seguramente, viviendo muchas más aventuras entre los campos de Nueva Vrajamandala.

Arjuna recibiendo más manzanas de Jay Gopal